STA. MA. MAGDALENA

María Magdalena, pecadora perdonada por Jesús, se dedicó a servirlo con todo su amor. Cuando los apóstoles huyeron, ella se mantuvo firme al pie de la cruz del Señor, junto con la santísima Virgen, Juan y algunas otras mujeres, Jesús recompensó la fidelidad de Magdalena apareciéndosele especialmente la mañana del domingo de Pascua y encargándole que les comunicara a sus discípulos el mensaje de la resurrección. (Misal julio 2024, Buena Prensa).
Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 1-2. 11-18)
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ ”.
María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.
Palabra del Señor.
Como María Magdalena, también lloramos nuestras pérdidas, nuestras ausencias, nuestras dudas; lloramos la incertidumbre y la desesperanza que nos salen al paso y oscurece la vida.
Lloramos la muerte de quien amamos, o los fracasos que nos tiran por tierra, las desilusiones y las frustraciones; lloramos nuestras búsquedas infructuosas.
Pero Jesús resucitado, que nos da vida en abundancia y esperanza plena, está junto a nosotros:
¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? (v. 15)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
