Lectura del santo evangelio según san Marcos (1, 40-45)
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.
Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.
Palabra del Señor.
Escuchamos, de nueva cuenta, la curación de un leproso, que ya habíamos leído el pasado viernes 9 (Lc 5,12-16), pero ahora en la versión de Marcos; ambos textos conservan el mismo esquema en el diálogo entre Jesús y el leproso: Si quieres, puedes curarme (Mc 1,40; Lc 5,). Quiero, queda sano (Mc 1,41; Lc 5,13).
Una reflexión más nos llevaría a lo mismo. No obstante, en sintonía con el evangelio de ayer miércoles (Mc 1,29-39), hay algo que llama la atención y podemos resaltar como enseñanza: las relaciones de Jesús siguen una dinámica animada por tres verbos: acercarse, tocar, levantar; precedidos por un verbo más, que refleja una actitud interna de la que todo se sucede: compadecerse (cf. v. 41).
Jesús, compadecido por la situación del leproso, extendió la mano (acercarse) y lo tocó. Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio (levantar). (vv. 41-42)
¿Cuál es la enseñanza? Tal vez no un leproso, pero sí un mendigo, un anciano, un enfermo, un migrante, un niño en situación de calle, o una mujer en situación de prostitución; un homosexual o un enfermo de VIH…, necesiten de nuestra ayuda y nuestra presencia: ¿Nos acercamos para conocerlo y saber cómo se llaman? ¿Los tocamos para comprender su realidad y dejarnos tocar por su sufrimiento? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por ellos para levantarlos de su miseria, para recuperar su dignidad y hacerlos sentir libres?
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

