DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

VER
Hombres que lloran la desgracia sus hijos y temen por sus vidas: harían lo imposible por verlos sonreír. Miles de mujeres, en el atardecer de su vida, tal vez solas, en el abandono que nada perdona y cobra, cada día, una porción de sus vidas; sin posibilidad de recuperar la esperanza, para ellas el tiempo se ha perdido como una hemorragia incurable…
Niños que duermen esperando la muerte, sumidos en un sueño eterno, sin amanecer cercano, que pesa sobre ellos, borrando la inocencia y el gozo de estar despiertos.
Mil preguntas que buscan respuesta, lamentos y gritos de ayuda; caminos andados, sin importar el cansancio, con tal de encontrar a alguien y poder decirle: mira mi desgracia, dame tus manos para no hundirme, que tu palabra me asegure que es posible vivir.
ILUMINAR
Sab 1,13-15; 2,23-24; 2Cor 7.9.13-15; Mc 5,21-43
Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes (Sab 1,13)
Viendo a Jesús, la gente sabe que en él palpita la vida que proviene de Dios, y que los males, las enfermedades y las muertes que esclavizan al hombre y le roban su dignidad, ceden ante su palabra, que libera y cura.
Los milagros de Jesús y sus acciones en favor de los desamparados, confirman aquello que el mismo libro de la Sabiduría nos recuerda: Todo lo creó para que subsistiera. Las creaturas del mundo son saludables; no hay en ellas veneno mortal (v. 14).
Por eso Jesús camina con Jairo, no importando la multitud que apretuja e impide el paso (cf. v. 24); también, por eso mismo, se detiene y pregunta: ¿Quién me ha tocado? (vv. 30-31), no para increpar, sino para saber quién necesita de él y mitigar sus miedos: Jesús la tranquilizó, diciendo: Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad (v. 34).
A veces, en el camino de la esperanza se interpone la muerte, envidiosa y artera (cf. Sab 2, 24), y contraviene la ilusión, interrumpiendo la claridad de la luz: Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro? (v. 35). Pero hay una voz contundente y fuerte que rompe toda adversidad: No temas, basta que tengas fe (v. 36).
Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí (Sab 2,23). ¿Por qué tanto alboroto? La niña no está muerta, está dormida (Mc 5,39) y hay que despertarla de esta muerte que la esclaviza:
La tomó de la mano y le dijo: ¡Talitá kum!… (v. 41).
ACTUAR
Hermanos: Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad (2Cor 8,7).
Una generosidad que debe traducirse en acciones, tomar de la mano a quienes se hunden bajo la sombra de tantas muertes y decirles: ¡Levántate!
Hermana, hermano, estás aquí, deja que Jesús mire y sane tu corazón. Yo también tengo que hacerlo: dejar que Jesús mire mi corazón y lo cure. Y si ya has sentido su mirada tierna sobre ti, imítalo, haz como Él. Mira a tu alrededor: verás que muchas personas que viven cerca de ti se sienten heridas y solas, necesitan sentirse amadas: da el paso. Jesús te pide una mirada que no se quede en las apariencias, sino que llegue al corazón; que no juzgue —terminemos de juzgar a lo demás—, Jesús nos pide una mirada que no juzgue sino que acoja. Abramos nuestro corazón para acoger a los demás. Porque sólo el amor sana la vida, solo el amor sana la vida. Que la Virgen, Consuelo de los afligidos, nos ayude a llevar una caricia a los heridos, a los heridos en el corazón que encontremos en nuestro camino. Y a no juzgar, a no juzgar la realidad personal, social, de los demás. Dios ama a todos. No juzguéis, dejad vivir a los demás y tratad de acercaros con amor(Papa Francisco, Ángelus 27 de junio de 2021).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
