DOMINGO 9

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO

El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3,35)
  • Gn 3,9-15; Sal 129; 2Cor 4,13-5,1; Mc 3,20-35

Tal vez, en una lectura rápida de los textos no encontremos algún rasgo que los unifique, o que los ponga en sintonía entre sí. No obstante, hay entre ellos una clave de lectura que nos abre el camino hacia el horizonte infinito de la palabra.

Dicha clave la encontramos en la segunda carta de Pablo a los corintios: Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno(4,17-18).

¿Qué vemos?

Vemos únicamente el atrevimiento de Adán y Eva, incitados por la serpiente, y pasamos directamente el hecho del pecado original; pecado que determinamos como desobediencia, sin más, de la que se deriva un castigo que todos cargamos, generación tras generación. Pero no vemos más allá para descubrir que realmente el libro del Génesis (3,9-15) lo que resalta es la constante afrenta a la voluntad de Dios y el obstinado deseo de ocupar su lugar y pretender ser como él, pero sin él. La desnudez que experimenta Adán es la toma de conciencia de su condición: es hombre, no es dios; el miedo es la consecuencia inevitable del fracaso y de la agobiante sensación de que, probablemente, se quedará solo, abandonado por el Dios que le dio la vida y a quien él pretendió abandonar.

Nuestro pecado no es la antigua desobediencia, sino la sistemática y constante negación de Dios, y el profundo desconocimiento, si no es que desentendimiento, de su voluntad.

Un reino dividido no puede subsistir (Mc 3,24), pero nos hemos empeñado en mantenerlo dividido y seguimos abriendo el corazón a los engaños de la serpiente hasta dejarnos poseer por ella: mentimos, oprimimos al débil, nos apropiamos de lo ajeno, pisoteamos la dignidad del hermano, lo humillamos, lo masacramos, lo violentamos y utilizamos el poder no para servir sino para cometer injusticias.

Vemos en Jesús y sus seguidores a un grupo de hombres que se han vuelto locos (cf. Mc 3,21), pero no somos capaces de ver más allá y descubrir que el mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que nos salvamos es fuerza de Dios (1Cor 1,18).

Nuestro comportamiento, egoísta e indiferente, es realmente una blasfemia contra el Espíritu (Mc 3,28), porque nos encerramos en nosotros mismos y, con tal de no renacer ni dejarnos transformar por él, apagamos su fuego (cf. 1Tes 5,19) y denostamos su novedad.

Pero los verdaderos discípulos del Señor son aquellos que no ponen la mira en lo transitorio, en las pretensiones banales, en el beneficio propio, o en la presunción de llegar a ser más que nadie (incluso que Dios mismo…), sino los que ponen la mirada en lo eterno. Es decir, todo aquel que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3,35)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.