DOMINGO II DE ADVIENTO
- Bar 5,1-9; Sal 125; Flp 1,4-6.8-11; Lc 3,1-6
El Adviento, decíamos la semana pasada (Domingo I), es un tiempo propicio para detenernos y mirarnos dentro; para descubrir si Dios realmente habita en nosotros o es, por el contrario, el gran ausente de nuestra vida. Es tiempo de conversión y cambios profundos, pero también, tiempo de madurez y crecimiento; tiempo para ahondar nuestra fe y reforzar nuestras convicciones.
El Adviento nos da la posibilidad de rehacernos y reconstruirnos; redescubrir nuestra grandeza y dignidad, tal como el profeta Baruc lo proclama:
- Despójate de tus vestidos de luto y aflicción, y vístete para siempre con el esplendor de la gloria que Dios te da (5,1)
- Ponte de pie y levanta los ojos. Porque el Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia (v. 5).
Como Juan, también nosotros somos enviados a recorrer el mundo, recordando a la gente que el bautismo que hemos recibido es un bautismo de conversión, para el perdón de los pecados (Lc 3, 3). La tarea es ardua y el compromiso inminente:
Preparar caminos y senderos, orientar la vida del hermano y de la comunidad, guiar los pasos para que nadie se pierda y todos gocen de la felicidad del Reino (cf. vv. 4-5). Y que todos vean, aquí y ahora, la salvación de Dios (v. 6).
Dejemos que la oración de Pablo permee nuestros corazones:
Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podrán ustedes escoger siempre lo mejor y llegarán limpios e irreprochables al día de la venida de Cristo, llenos de los frutos de la justicia, que nos viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios (Flp 1,9-11).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

