DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

¡Abre tu corazón!
- Is 35,4-7; Sal 145; Sant 2,1-5; Mc 7,31-37.
El mensaje profético pasa del texto a la vida, la voz de Yahvé resuena con fuerza en medio de las adversidades que oprimen a tanta gente:
Digan a los de corazón apocado: ¡Ánimo! No teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos (Is 35,4).
Las realidades de opresión son ahora la causa de Dios, ellas contravienen su voluntad y denigran la dignidad de la persona. Por eso, las palabras de Isaías son portadoras de una promesa eficaz, que cambiará la oscuridad en luz y la ignorancia en un camino hacia la verdad:
Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como venado el cojo y la lengua del mudo cantará (vv. 5-6).
No obstante esa promesa teñida de esperanza, entre la gente del pueblo sigue habiendo ciegos, sordos y mudos, víctimas del desprecio, el pecado y las injusticias, tal como lo refiere el evangelista Marcos: en aquel tiempo, llevaron a Jesús un hombre sordo y tartamudo (vv. 31-32).
En torno a ese hombre, a quien las limitaciones le han negado todo, está la gente que suplica a Jesús le imponga las manos (v. 32), pero que al parecer, nadie, por sí mismo, está dispuesto a cambiar la realidad de ese hombre y de muchos otros.
Jesús, apartándolo de la gente, no sólo rompe con una invalidez que ata al individuo, sino que, rompe también con el vínculo de las dependencias y la mediocridad de una sociedad conformista que sólo mira y se lamenta; una sociedad que se resiste a tocar y acoger las miserias humanas.
El gesto de Jesús es reflejo de la cercanía del Reino; en su palabra y en su mano que cura, toca y supera todo prejuicio, penetrando hasta lo más profundo de la persona, abriendo su corazón a la novedad que libera y a la verdad plena que vienen del cielo: ¡Effetá! (v. 34).
El sordomudo -dice Luis A. Schökel- simboliza la actitud cerrada del mundo pagano (y de la sociedad en general) frente al proyecto de Dios: sordos para escucharlo y tartamudos para proclamarlo.[1]
El apóstol Santiago nos recuerda cuál es la opción fundamental del Reino y el eje central de la predicación:
Queridos hermanos, ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman? (2,5).
Sordos y tartamudos, nos desentendemos de las realidades de opresión y de injusticia; ante la pobreza en la que viven tantos de nuestros hermanos.
El Papa Francisco nos advierte:
Todos tenemos orejas, pero muchas veces nos rehusamos a escuchar. ¿Por qué? Hermanas y hermanos, hay de hecho una sordera interior, que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Esa sordera interior es peor que la física, porque es la sordera del corazón. Esclavos de la prisa, de mil cosas qué decir y hacer, no encontramos el tiempo para detenernos a escuchar a quien nos habla. Corremos el riesgo de hacernos impermeables a todo y de no dar espacio a quien tiene necesidad de ser escuchado: pienso a los hijos, los jóvenes, los ancianos y a muchos que no tienen tanta necesidad de palabras y prédicas, sino de escucha… (Ángelus del 5 de septiembre de 2021).
Que la actitud de Jesús sea la nuestra y, como él, cambiemos la realidad de pueblos y comunidades y que, de igual manera, los demás digan de nosotros:
¡Qué bien lo hacen todo! Hacen oír a los sordos y hablar a los mudos (Mc 7,37).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
[1] La Biblia de Nuestro pueblo, comentario a pie de página de Mc 7,31-37.
