SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
- Is 11,1-10; Sal 71; Rm 15,4-9; Mt 3,1-12
El Adviento inició apelando nuestra conciencia dormida y aletargada: ¡Ya es hora que despierten del sueño…! (Rm 13,11); ese sueño que nos aleja de la realidad y que, sumidos en él, nos desconecta de todo aquello que da sentido a la vida.
Pero ahora, despiertos, somos invitados a ponernos en acción: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos (Mt 3,3). Un camino que exige entereza, porque debe transitarse no con ilusiones y falsas seguridades, sino, como advierte el bautista, haciendo ver con obras nuestra conversión(cf. Mt 3,8) y, como dice el apóstol Pablo, viviendo en perfecta armonía unos con otros ( Rm 15,5).
Lo que viene, representa un cambio radical en la vida y en la historia; una novedad sin precedentes, que exige de nosotros una mirada distinta, atenta y libre de todo prejuicio; porque seremos testigos de algo inaudito: habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la creatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente (Is 11,6-8).
Debemos estar preparados, abrir la mente y tener listo el corazón, pues el que viene nos bautizará con Espíritu Santo y fuego(Mt 3,11). Es decir, con el Espíritu que renueva todo y el fuego que, al arder, transforma.
Hay que estar atentos, porque todo árbol que no de fruto, será cortado y arrojado al fuego… (Mt 3,10).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

