DOMINGO V DE CUARESMA
- Is 43,16-21; Sal 125; Flp 3,7-14; Jn 8,1-11
No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? (Is 43,18-19).
El evangelio proyecta sobre la vida una luz que ilumina la oscuridad del hombre y pone al descubierto los secretos más profundos de su corazón, su verdad alborea en el horizonte, hasta inundar cada rincón de la mente humana, transformando palabras, pensamientos y acciones en gestos de amor y misericordia.
El evangelio nos reta a lanzar la primera piedra, ¿seremos capaces de lapidar al hermano y sepultar bajo esas piedras nuestras propias culpas?
Formulamos leyes, normas y códigos morales…, totalmente ajenos al evangelio, que dejamos caer lapidariamente sobre mujeres y hombres, acusados de “adulterio”; resaltamos sus “pecados” y, con odio y frialdad, los condenamos a muerte… ¿tú qué dices? (v. 5)
Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra (v. 7).
El Evangelio nos lleva por otro rumbo: todo queda atrás, pues la novedad que trae consigo cura, regenera, libera… ¿no lo notan? Nada se resiste al embate de su fuerza: ni el odio, ni la crueldad, ni la muerte.
¿Nadie te ha condenado?… Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar (vv. 10-11).
El evangelio marca un caminar distinto, un modo diferente de valorar la vida, del que Pablo es testigo y maestro: Todo lo que era valioso para mí, lo considero sin valor a causa de Cristo(Fil 3,7).
Ese cambio depende de que nos dejemos conquistar por Cristo Jesús (cf. v. 12) y, como dice el mismo Pablo, olvidar lo que hemos dejado atrás y lanzarnos hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo (vv. 13-14).
El Papa Francisco nos invita a reflexionar y nos exhorta:
Este es el Señor Jesús. Lo conocen verdaderamente quienes experimentan su perdón. Quienes, como la mujer del Evangelio, descubren que Dios nos visita valiéndose de nuestras llagas interiores. Es precisamente allí donde al Señor le gusta hacerse presente, porque no ha venido para los sanos sino para los enfermos (cf. Mt 9,12). Y hoy es esta mujer —que ha conocido la misericordia en su miseria y que regresa al mundo sanada por el perdón de Jesús— la que nos sugiere, como Iglesia, que volvamos a empezar en la escuela del Evangelio, en la escuela del Dios de la esperanza que siempre sorprende. Si lo imitamos, no nos enfocaremos en denunciar los pecados, sino en salir en busca de los pecadores con amor. No nos fijaremos en quienes están, sino que iremos a buscar a los que faltan. No volveremos a señalar con el dedo, sino que empezaremos a ponernos a la escucha. No descartaremos a los despreciados, sino que miraremos como primeros aquellos que son considerados últimos. Esto, hermanos y hermanas, nos enseña hoy Jesús con su ejemplo. Dejémonos asombrar por Él y acojamos su novedad con alegría. (Homilía del 3 de abril de 2022, Malta)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

