DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

- Gn 2,18-24; Sal 127; Heb 2,8-11; Mc 10,2-16.
¿Les es lícito a un hombre divorciarse de su esposa? (Mt 10,2)
Preguntémonos si le es lícito, a cualquier de nosotros, repudiar, engañar, despreciar, abandonar, difamar, condenar… a la pareja, los hermanos, los hijos, o los padres, por el motivo que sea, la justificado por leyes que nace de la dureza del corazón (cf. v. 5).
De la dureza surgen el odio, el desamor y el egoísmo y si una ley se acoge a ese tenor de incertidumbre y violencia, no veremos más que rompimientos y caos en toda relación humana. Un corazón infértil no permite que la semilla del amor florezca.
Desde aquí, el divorcio irrumpe como salida fácil, lícita; sobrepone la mediocridad humana a la voluntad amorosa de Dios. Pone en segundo término un principio fundamental (cf. v. 6) del que fluyen dos realidades, inseparables y complementarias: al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer… De modo que ya no son dos, sino una sola carne (vv. 6 y 8).
Por tanto, Jesús se opone al divorcio que va en contra de la dignidad creacional y del mismo acto creador; al divorcio que se obstina en separar lo que Dios ha unido(cf. v. 9).
El Dios creador no unió en matrimonio al hombre con la mujer, los unió en igualdad de condiciones y dignidad; ningún ser creado por Dios era semejante a Adán, y a ninguno pudo nombrarlo como se nombra a un hermano, o a un igual (cf. Gn 2,20); ninguno mitigó su soledad.
No es bueno que el hombre esté solo... Entonces el Señor Dios hizo caer en un profundo sueño, y mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. (Gn 2,18.21-22)
Desde entonces no habrá soledad, todo vacío, interior y exterior, ha sido cerrado(cf. v. 21), y la compañía que Dios entrega al hombre será motivo de alegría y plenitud, aunque también una responsabilidad que debe ser asumida como parte de la vida: Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne(v. 23). La dignidad de la mujer hunde sus raíces en el varón y la de éste, en la invaluable presencia de la mujer.
Tal unión implica renunciar a las estructuras que nos absorben y contravienen la voluntad de Dios, provocando las rupturas de lo que él ha unido. Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre (v. 24), ya que no podrá vivir anclado, o siendo fiel, a dos voluntades.
El divorcio al que se opone Jesús es el de la soledad, el que abre las heridas y deja profundos vacíos; el que rompe la igualdad ente varón y mujer, haciendo de ellos enemigos, opositores y seres distantes.
La dureza del corazón cierra el paso a la novedad e impide que la inocencia, la libertad y la sencillez sean el camino más seguro para alcanzar la felicidad; todo lo mide en términos de conflicto y desconfianza. Eso es, precisamente, lo que disgusta al Señor y reacciona:
Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. (Mc 10,14).
Como ellos, que acogen con generosidad y alegría la oportunidad de vivir, y en su corazón no hay dureza ni suspicacias; en su corazón no existe el odio ni motivos para despreciar al otro o abandonarlo.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
