DOMINGO XXVII DEL TIMEPO ORDINARIO
- Hab 1,2-3; 2,2-4; Sal 94; 2Tim 1,6-8.13-14; Lc 17,5-10
Acostumbrados a la dinámica de la mercadotecnia, a la tensión entre la oferta y la demanda, al consumo desmedido y a la adquisición sistemática de bienes que satisfacen, efímeramente, la necesidad de poseer lo último en todo…, vivimos deseando cada vez más, atrapados en un frenético intento de aumentar lo que somos y tenemos; lo que pensamos y creemos.
También nosotros, como los discípulos, pedimos al Señor que aumente nuestra fe (Lc 17,5). Pero en tal petición, que sin duda nace del corazón, corremos el riesgo de esperar que todo nos sea concedido sin poner de nuestra parte, adormecida la voluntad y olvidando que el Espíritu, que habita en nosotros (2Tim 1,14), no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación (cf. 2Tim 1,7).
Tal olvido es la causa de aquello que hoy nos aqueja y amenaza, tal como lo grita el profeta Habacuc en su lamento:
¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? Ante mí no hay más que asaltos y violencias, y surgen rebeliones y desórdenes (1,2-3).
Un creyente que desprecia al Espíritu se desentiende también de la Voluntad del Padre y del llamado que lo involucra en la dinámica del Reino.
No obstante, Pablo nos ayuda a sobreponernos y perfila, así, el camino que traza Jesús y que se ha de andar hasta alcanzar, por propio pie, lo que deseamos, aunque nuestra fe sea tan pequeña como una semilla de mostaza (cf. Lc 17,6): Te recomiendo que revives el don de Dios que recibiste cuando te impusieron las manos (2Tim 1,6), es decir, el Espíritu con el que hemos sido ungidos por medio del bautismo.
De qué se trata concretamente: No de pedir, sin más, que el Señor aumente nuestra fe, sino de poner manos a la obra y vivir el evangelio, y, cuando hayamos cumplido todo lo que se nos mandó, digamos:
No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer (Lc 17,10).
Cantemos con el salmista, Señor, que no seamos sordos a tu voz, para no olvidar que el malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe (Hab 2,4).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

