DOMINGO 5

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO

Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).
  • Is 58,7-10; Sal 111; 1Cor 2,1-5; Mt 5,13-16

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5, 13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos».

Palabra del Señor.

ILUMINAR Y DAR SABOR, EN MEDIO DE LA OSCURIDAD Y LA DESDICHA

En el sentir de mucha gente anida una profunda experiencia de desdicha, provocada por una serie de factores, inaceptables, que nos desinstalan y desequilibran: inestabilidad económica y política, conflictos morales y culturales, contradicciones cívicas y religiosas… El entorno se vuelve oscuro e incierto.

Conocemos las consecuencias de todo ello, las tenemos a la vista y las vivimos en carne propia: pobreza, violencia, migraciones, injusticias de toda índole, hambruna, desempleo, humillaciones… Realidades que, al parecer, se van normalizando en la conciencia y nos hacen perder el sentido de la dignidad y la coherencia.

A los creyentes, esa realidad nos interpela, nos mueve, como dice Papa Francisco, a la salir de nuestras zonas de confort (cf. EG 209; y en la Palabra, resuenan un cometido y una misión por cumplir: Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo(Mt 5,13.14).

El compromiso es claro, aunque, a veces, dulcificamos e idealizamos la radicalidad del mensaje, dejándolo sólo en el nivel de la comprensión, sin llevarlo al de la acción. Así, la sal no sirve para nada (Mt 5,13) y la luz queda oculta (Mt 5,15) tras los miedos y las resistencias al cambio.

Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

¿Cómo, concretamente, se es sal y luz del mundo?:

Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo
y no des la espalda a tu propio hermano… Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado…
(Is 58,7.9-10).

Cuando esto suceda, cuando seamos capaces de ver con misericordia al hermano y actuemos, de verdad, movidos por el amor, entonces, como afirma el profeta, brillará nuestra luz en las tinieblas y la oscuridad serán como el medio día (v. 10).

Que la oscuridad y la desdicha no sean el panorama de la humanidad, ni el horizonte de un porvenir incierto y sin esperanza para el hombre; que al anunciar el Evangelio, no busquemos -como advierte Pablo- hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino hablando de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado (1Cor 2,1-2).

Es decir, un Jesucristo al que encontramos crucificado en el hambriento, en el pobre sin techo, en el desnudo, en el migrante, en el que ha sido despojado de sus bienes, en el que es humillado y despreciado…

¡Ustedes son sal de la tierra y luz del mundo! Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos. (Mt 5,13-14.16)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.