DOMINGO 4

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Que el Dios del amor y de la paz esté con ustedes (2Cor 13,11)
  • Ex 34,4-6.8-9; 2 Cor 13,11-13; Jn 3,16-18.

Un Dios compasivo y misericordioso

Hablar del Dios Trino, o del Misterio Trinitario (que es lo mismo), resulta complejo para todos; lo asumimos como un dogma de nuestra fe y creemos fehacientemente en el Dios único que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Esa complejidad nos ha llevado a elaborar altísimos conceptos teológicos y doctrinales, dando como resultado una “imagen de Dios” a le que adjudicamos una serie de atributos que, más allá de hacerlo cercano, se convierte en una divinidad inaccesible, lejana e incomprensible. Al mismo tiempo, esa imagen genera en el creyente experiencias de soledad, miedo y abandono, en las que subyace un Dios que castiga, que se venga de la traición, que condena inmisericordemente y que, difícilmente, perdona.

Pero, ¿realmente es así el rostro del Dios en quien creemos? ¡Definitivamente No! Él mismo se ha revelado al pueblo de manera distinta y en su palabra, confiada a los hombres, nos dice con claridad quién es y cómo debemos acogerlo.

Los textos de la liturgia de la Palabra de esta solemnidad, nos ofrecen, digámoslo así, el perfil del Dios verdadero:

  • Delante de Moisés, en el Sinaí, Dios dice de sí: Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel (Ex 34,6).
  • Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, se refiere a él como el Dios del amor y de la paz (2Cor 13,11).
  • Por último, el evangelista Juan no hace más que recordarnos el profundo amor de ese Padre que quiere que todos sus hijos se salven: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él (Jn 3,16-17).

Es así que las cualidades de Dios se pueden resumir en una sola: el amor. Y el amor, que es también una cualidad humana, se convierte en la única experiencia que nos permite descubrir, realmente, no sólo el rostro de Dios, sino también la belleza del misterio trinitario.

El amor nos asemeja, advierte San Juan de la Cruz, y es el amor la inclinación del alma y la fuerza y virtud que tiene para ir a Dios (L 1,13); porque el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser del alma […] Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo […] (C 1,6).

Esta semejanza que poseemos respecto del Dios que nos ha creado por amor, no es sólo imagen, sin lenguaje, de tal manera, que la condición humana es el lenguaje propicio para hablar de Dios. Particularmente, las relaciones humanas de amistad, de filiación, de solidaridad, de entrega son un reflejo vivo de Dios.

El Dios Trinidad –dice el Papa Francisco– es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente. Nos iluminan las palabras de san Juan Pablo II: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es al amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina […] (AL 11)

El amor humano es reflejo del amor divino, y el amor divino es reflejo del amor humano.

Que la gracias de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con nosotros (2Cor 13,13)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.