DOMINGO IV DE CUARESMA
- Jos 5,9.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32
Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo (2Cor 5,17)
Vivir según Cristo y al modo cristiano es garantía, como dice Pablo, de una vida renovada y libre; una vida reconciliada con el Padre, que nos mira con amor y misericordia.
El Padre que Jesús nos presenta es un padre que perdona, consuela, olvida las ofensas cuando sus hijos se convierten y vuelven a él; los levanta del oprobio y los libera: Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto (Jos 5,9).
Es un Padre que espera, que siempre está presente. No importando qué tan lejos nos encontremos, o cuál sea nuestra condición, nos recibe con los brazos abiertos; apenas nos ve llegar, se enternece y sale a encontrarnos, nos abraza y, con ternura, nos cubre de besos (cf. Lc 15,20). Su corazón es una casa de puertas abiertas, revestida de fiesta y alegría:
Comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (Lc 15,24).
Jesús nos pide que seamos como su Padre, que aprendamos a esperar con paciencia y a perdonar con generosidad; a mirar con esperanza el horizonte y gozar los regreso de aquellos que algún día se alejaron y desean volver. Que nuestro amor sea más grande que la culpa y nuestros besos tan abundantes, que cubran el pecado y purifiquen el corazón.
Porque a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como Dios mismo los exhorta a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios(2Cor 5,20).
Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y, por lo tanto, nadie nos la puede quitar, ni siquiera el diablo. Nadie puede quitarnos esta dignidad. Esta palabra de Jesús nos alienta a no desesperar jamás. Pienso en las madres y en los padres preocupados cuando ven a los hijos alejarse siguiendo caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se haya acabado; en quienes han hecho elecciones equivocadas y no logran mirar hacia el futuro; en todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen no merecerlo… En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso. Incluso en la situación más fea de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera. (Papa Francisco, Audiencia general, 11 de mayo de 2016)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

