DOMINGO 30

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Aspiren a los dones de Dios más excelentes (1Cor 12,31)

VER

De todas las experiencias que transversan la condición humana, como la felicidad, el gozo, la tristeza, o el miedo…, la más contundente en la configuración de la persona es el amor. Una experiencia que determina, no sólo lo que hacemos, sino lo que somos y el motivo por el cual existimos (aunque no sea así en todos los casos).

El amor se vive, digámoslo así, en un camino de ida y vuelta, cuando amamos (ida) y somos amados (vuelta), y se extiende a todas las realidades tocadas por la mano del hombre. Es una energía que se vierte desde el corazón a través de la sonrisa, la amistad, el compromiso, la solidaridad, la escucha, la honestidad, la sinceridad y las palabras sencillas que dejan ver la hondura de un ser dispuesto a entregarlo todo.

Cuando el amor fluye sin límites, animado por la fuerza de la libertad y la verdad, se concreta en decisiones radicales, que hacen de cada individuo un ser digno, como su creador; decisiones tales como el matrimonio, la vida en pareja, la maternidad y la paternidad, la vida consagrada, la fraternidad, la fidelidad; la entrega total a un proyecto, a un ideal o a una misión.

Pero a vece nos olvidamos de amar y, al dejar de hacerlo, nos convertimos en seres inhumanos y despreciables…

ILUMINAR

Jr 1,4-5.17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30.

La aclamación al Evangelio, en la liturgia de hoy, sirve de enlace entre el texto del domingo anterior (Lc 4,1-4; 4,14-21) y el de este domingo (Lc 4,21-30):

El Señor me ha enviado para llevar a los pobres la buena nueva y anunciar la liberación a los cautivos (Lc 4,18).

Sobre todo, porque conecta con el mensaje liberador y radical que Jesús proponía a sus oyentes -y nos propone a nosotros- en la sinagoga de Nazaret, concretado en compromisos que nacen del amor: dar esperanza a los pobres, liberar esclavos y oprimidos, curar enfermos y anunciar que la gracias de Dios permea la historia. (vv. 18-19)

En la escena que narra el evangelista, se destacan las contradicciones entre el amor y el desamor; o con mayor precisión, entre el amor y el miedo a amar profunda y radicalmente; ante Jesús se antepone una actitud de cerrazón y apatía, contaminada por la duda y la suspicacia: ¿No es este el hijo de José? (v. 22)

Para Jesús, el amor, como la palabra, se cumplen hoy (v. 21), en el actuar a favor del hermano y en la vida de aquellos que, con generosidad y apertura, acogen el anuncio liberador de la Buena Nueva, como la viuda de Sarepta, o el leproso Naamán, de Siria. (vv. 26-27)

¡Así es! El amor que surge del evangelio se cumple hoy, a cada instante, y eso implica renunciar a los privilegios propios y postergar, en ocasiones, las ocupaciones personales para otro momento.

Aunque, si el reto es tan grande y nos sobrepasa, tal radicalidad nos llenará de ira, miedo o indignación, como a la gente de Nazaret, e intentaremos sacar a Jesús de nuestra vida para despeñarlo en el más profundo de los olvidos (cf. v. 28-29) y, así, despreciando el amor, nos convertiremos en seres inhumanos y despreciables.

ACTUAR

Hermanos: Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostrarles el camino mejor de todos: ¡Amar!

El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera son límites, soporta sin límites. (1Cor 12,31; 13,4-7)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.