DOMINGO 28

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO

Preocuparse por las desgracias de sus hermanos (Am 6,6).
  • Am 6,1.4-7; Sal 145; 1Tim 6,11-16; Lc 16,19-31

No resulta novedoso lo que Amós en su tiempo y Jesús en el suyo resaltan respecto de las injusticias en el pueblo; como tampoco lo es para nosotros hoy, ni lo ha sido durante siglos en la historia de la humanidad: la desigualdad, cada vez más indignante y pronunciada, entre ricos y pobres.

Dos rostros del hombre y dos realidades contrapuestas en el tejido social, que han definido la interacción entre unos y otros, marcando brechas, casi siempre infranqueables, entre los “más favorecidos” y los “menos favorecidos” en el ámbito económico.

Amós expresa los lamentos del Señor que mira, seguramente con profunda tristeza, los excesos desmedidos de algunos ciudadanos que, cegados por las comodidades, los lujos, los vicios, la vanidad y la indiferencia, no son capaces de preocuparse por las desgracias de sus hermanos (Am 6,6).

Lucas abre ante nosotros una historia con la que Jesús interpela el proceder de los fariseos y, seguramente, el de muchos entre el pueblo: un rico sin nombre y Lázaro (Lc 16,19-31); cada uno representa una realidad subyacente, en la que palpita la relación con Dios por medio del pobre.

Así lo expresa el Papa Benedicto XVI:

Hoy el evangelio de san Lucas presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). El rico personifica el uso injusto de las riquezas por parte de quien las utiliza para un lujo desenfrenado y egoísta, pensando solamente en satisfacerse a sí mismo, sin tener en cuenta de ningún modo al mendigo que está a su puerta. El pobre, al contrario, representa a la persona de la que solamente Dios se cuida:  a diferencia del rico, tiene un nombre, Lázaro, abreviatura de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente «Dios le ayuda». A quien está olvidado de todos, Dios no lo olvida; quien no vale nada a los ojos de los hombres, es valioso a los del Señor. La narración muestra cómo la iniquidad terrena es vencida por la justicia divina:  después de la muerte, Lázaro es acogido «en el seno de Abraham», es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba «en el infierno, en medio de los tormentos». Se trata de una nueva situación inapelable y definitiva, por lo cual es necesario arrepentirse durante la vida; hacerlo después de la muerte no sirve para nada. (Papa Benedicto XVI, Ángelus, 30 de septiembre de 2007)

Esta parábola es espejo de lo que somos; en ella se reflejan las consecuencias de las injusticias sociales, políticas y económicas; de las desigualdades que, al parecer, nunca seremos capaces de mitigar o cancelar. El hambre de muchos y la hartura de unos cuantos es un grito que se alza para despertar la conciencia de quienes sólo «miran conmovidos», pero no dejan que sus entrañas se muevan y rompan esa lejanía entre unos y otros antes de que la muerte los sorprenda y sólo quede para ellos el lugar de castigo (v. 23).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.