DOMINGO 28

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

¡Demos de comer!
  • 2R 4,42-44; Sal 144; Ef 4,1-6 y Jn 6,1-15.

La Liturgia de la Palabra de este domingo centra la atención en una primordial necesidad humana: comer. Nos lleva, además, a una reflexión profunda de frente a una problemática social, que en los últimos años se ha recrudecido: la pobreza.

Tanto el segundo libro de los Reyes como el evangelio de Juan lanzan una propuesta enfocada a despertar y potenciar la conciencia social de la comunidad y de quines son responsables de ella.

Sabemos que un alto porcentaje de niños, mujeres, hombres y ancianos mueren cada año a causa del hambre, provocada por la situación de extrema pobreza en la que viven. No es un problema privativo de algunas naciones, se ha convertido en una situación de orden global. En 2015 la FAO advertía sobre un estado de inseguridad alimentaria, generando una situación de hambre, a tal grado, que podemos hablar de una desnutrición crónica en esa población

El mundo produce lo suficiente para que todos coman…, pero es un hecho que hay hambruna; miles de gentes mendigan incluso los desperdicios de la comida que no consumimos, para llevar alago a su boca y saciarse…

El segundo libro de los Reyes, que nos presenta la Liturgia de la Palabra, versículos antes del texto propuesto para hoy, dice que el profeta Eliseo se encontraba en Guilgal, pueblo ubicado en una región en donde se pasaba hambre (4,38). Allí, sólo había hierbas del campo, frutos silvestres venenosos y un caldo de harina… (vv. 39-40), equivalente a nada que pudiera saciar el hambre de la gente y mantenerla en pie; un panorama desolador y sin esperanza. Pero sucede algo extraordinario: un hombre venido de Baal-Salisá traía las primicias de su cosecha, que debían ser ofrecidas a Yahvé por medio del profeta; Eliseo, conociendo la realidad, toma una decisión que, incluso, va en contra de los preceptos, pero que pone como primera cosa (tal vez como primicia) las necesidades del pueblo: Dáselos a la gente para que coman (v. 42). Sólo eran veinte panes de cebada y granos tiernos, por lo que surge la duda del criado: ¿Cómo voy a repartir estos panes entre cien hombres? (v. 43).

La tarea de un profeta consiste en mantener la fidelidad a Yahvé y recuperar, constantemente, la fe en Él; demostrar, en los hechos, que sus promesas se cumplen, porque es un Dios misericordioso: …esto dice el Señor: Comerán todos y sobrará (v. 43). El mundo produce lo suficiente, por eso, con esa certeza, el criado repartió los panes a la gente; todos comieron y todavía sobró, como había dicho el Señor (v. 44). La actitud de Eliseo -dice Luis Alonso Schökel- es una respuesta profética a una necesidad extrema, ante la que una sociedad compuesta de acaparadores y codiciosos no puede responder.

El evangelio de Juan es una actualización del mismo hecho, en él se confirma que después de tantos siglos (nueve aproximadamente), sigue habiendo pobres que sufren de hambre; ya no son cien, sino cinco mil hombres (Mc 6,44//Jn 6,10).

El domingo anterior vimos cómo la gente, venida de muchos pueblos, siguió a Jesús y se le adelantó para encontrarse con Él a la orilla del lago de Galilea; andaban como ovejas sin pastor (Mc 6,34). Hoy somos testigos de la misericordia de Dios reflejada en los gestos humanos de Jesús: ¿Cómo compraremos pan para que coman éstos? (Jn 6,5). Esta pregunta hecha a Felipe para ponerlo a prueba (v. 6), resuena hoy en la conciencia de todos nosotros: ¿Cómo compraremos pan si el mundo produce lo suficiente para coman todos…? Desde los criterios humanos el balance es el mismo que el del discípulo: nada es suficiente para que a cada uno toque un pedazo de pan (v. 7). Los criterios del Reino son distintos, se sustentan en la Voluntad de Dios.

También aquí sucede algo extraordinario. Estaba cerca la Pascua (v. 4), la fiesta del Pueblo que celebra la liberación de la esclavitud y recuerda la bondad de su Dios (es por eso que había tanta gente venida de todos los pueblos); en este contexto aparece una muchacho, un joven que representa la novedad, el atrevimiento y la rebeldía contra la ley establecida, con cinco panes de cebada y dos pescados (v. 9), que son, como en el caso de la primera lectura, las primicias para la ofrenda, o para la cena de Pascua, que debía ofrecerse a Yahvé. También aquí hay hierba, pero esta vez no era para mal comer”, sino para sentarse, estar en paz y aguardar el milagro: Díganle a toda la gente que se siente (v. 10). El evangelio de Marcos, por su lado, pone en labios de Jesús la misma orden de Elías a su criado: Denle ustedes de comer (6,37).

Para Jesús, como para el profeta, el pueblo es lo primero, y la mejor ofrenda que se pueda hacer a Dios es luchar por la justicia: hacer que las primicias de lo trabajado y lo cosechado se compartan y se repartan por igual entre los hombres, para que nadie pasa hambre. Cuando hay justicia hay abundancia; si hay abundancia, hay pan de sobra, que se debe recoger para que no se desperdicie (v. 12), pues hay muchos otros que no han comido.

El amor a Dios presupone el amor al hermano y, tal amor, debe ser activo y fértil, capaz de transformar el rostro de una sociedad egoísta y estéril. En esto radica el milagro de la multiplicación: pan para todos

El Papa Francisco, en la Carta Encíclica Laudato Si, recupera unas ideas del Patriarca Ecuménico Bartolomé que son, en sí, una propuesta concreta para tomar postura ante las injusticias que hieren el rostro de la humanidad:

[…] Bartolomé llamó la atención sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar solución no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desprecio a la capacidad de compartir, en una ascesis que “significa aprender a dar, y no simplemente a renunciar. Es un modo de amar, de pasar a poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia”. Los cristianos, además, estamos llamados a “aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción de que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta” (LS 9).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.