DOMINGO 27

DOMINGO IV DE CUARESMA

VER

Todo rompimiento en las relaciones humanas, sobre todo en aquellas que nos definen como madre /padre, hijo o hermano, provoca dolor y distanciamiento; se experimenta lejanía, soledad, olvido y abandono. Se antepone a ellas un egoísmo autorreferencial, animado por el odio, la envidia, la ambición… que hacen de la persona centro y fin en sí misma.

Cuando los vínculos de identidad y sentido de pertenencia dejan de ser fundamentales, se opta por la negación y el desprecio del otro, de los otros, de la casa paterna… Pero en esa decisión, tal vez de manera inadvertida, se arropa la inminente negación de uno mismo.

Algunos se van por voluntad propia, otros son expulsados; unos y otros experimentan la incertidumbre y viven, en carne propia, situaciones límite como el hambre, la pobreza y la muerte. Unos regresan, pero no encuentran quien los acoja, otros tienen la fortuna de ser recibidos…

ILUMINAR

Jos 5,9.10-12; Sal 33; 2Cor 5,17-21; Lc 15,1-3.11-32

Hermanos: El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo a pasado. Ya todo es nuevo (2Cor 5,17)

Vivir según Cristo y al modo cristiano, desde el evangelio, es garantía, como dice Pablo, de una vida renovada y libre. Una vida que experimenta la reconciliación con el Padre, quien nos mira con amor y nos acoge con misericordia.

Así es Dios, el padre del que Jesús nos habla: perdona, consuela, olvida las ofensas pasadas cuando sus hijos están dispuestos a cambiar y convertirse; pone fin al sufrimiento de su pueblo y lo colma del sustento necesario para que viva. Su corazón amoroso libera: Hoy he quitado de encima de ustedes el oprobio de Egipto (Jos 5,9).

Un Padre que espera porque siempre está presente. No importa qué tan lejos estemos, o en qué condición nos encontremos, el Padre, que es misericordioso, siempre espera con los brazos abiertos y la casa dispuesta para recibirnos. Apenas nos ve llegar, se enternece y sale a encontrarnos, corriendo hacia nosotros, nos abraza y, con ternura, nos cubre de besos (cf. Lc 15,20).

Comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado (Lc 15,24).

ACTUAR

[…] a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como Dios mismo los exhorta a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se dejen reconciliar con Dios (2Cor 5,20)

Y después, según el Padre, es necesario alegrarse. Quien tiene un corazón sintonizado con Dios, cuando ve el arrepentimiento de una persona, por graves que hayan sido sus errores, se alegra. No se queda quieto sobre los errores, no señala con el dedo el mal, sino que se alegra por el bien, ¡porque el bien del otro es también el mío! Y nosotros, ¿sabemos ver a los otros así?

Me permito contar una historia, inventada, pero que hace ver el corazón del padre. Está esta obra pop, hace tres o cuatro años, sobre el argumento del hijo pródigo, con toda la historia. Y al final, cuando el hijo decide volver a casa del padre, habla con un amigo y le dice: “Sabes, tengo miedo de que mi padre me rechace, que no me perdone”. Y el amigo le aconseja: “Manda una carta a tu padre y dile: ‘Padre, estoy arrepentido, quiero volver a casa, pero no estoy seguro si tú estarás contento. Si quieres recibirme, por favor, pon un pañuelo blanco en la ventana’”. Y después empezó el camino. Y cuando estaba cerca de casa, donde el camino hacía la última curva, tuvo de frente su casa. ¿Y qué vio? No un pañuelo: estaba llena de pañuelos blancos, las ventanas, ¡todo! El Padre nos recibe así, con plenitud, con alegría. ¡Este es nuestro padre!

¿Sabemos alegrarnos por los otros? La Virgen María nos enseñe a acoger la misericordia de Dios, para que se vuelva la luz en la que mirar a nuestro prójimo (Papa Francisco, Ángelus del 27 de marzo de 2022).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.