DOMINGO VI DE PASCUA
- Hch 15,1-2.22-29; Sal 66; Ap 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29
Hechos de los Apóstoles nos refiere, a través de unos cuantos versículos, cómo la comunidad de los apóstoles y de los presbíteros, reunidos para orar, escuchar y discernir, tomaron una decisión precisa para aclarar un problema doctrinal, basado en tradiciones judías milenarias, sustentadas en la autoridad de Moisés (quien representa, en este caso, la Antigua Alianza). El problema surge de lo que el mismo libro de Hechos informa en el versículo 5:
Pero algunos de la secta farisea que habían abrazado la fe se levantaron y dijeron que era necesario circuncidar a los paganos convertidos y obligarlos a observar la ley de Moisés.
¿Qué sucede en el fondo y hacia dónde debe dirigirse la Iglesia? Constatamos la formación de dos comunidades (Iglesias) pujantes y en desarrollo, por un lado, la comunidad judeocristiana de Jerusalén y, por otro, la comunidad de Antioquía, integrada por paganos convertidos al cristianismo. Simplificando un poco -comenta Luis A. Schökel- podríamos decir que las dos Iglesias siguen caminos divergentes. La Iglesia de Jerusalén estaba dominada por judeocristianos, conservadores en ciertos aspectos. Se consideraban una especie de “resto” o gueto en el cual está cristalizándose y creciendo el nuevo Israel, definitivo y total. Sin embargo, no acababan de entender en todo su alcance la novedad absoluta de la persona de Jesús, su muerte y resurrección, que sin romper las raíces espirituales que le unían al pueblo elegido de Israel eliminó todas las fronteras impuestas por la raza, las leyes discriminatorias y las tradiciones excluyentes, como la circuncisión… (La Biblia de Nuestro Pueblo).
En el fondo hay un problema de autoridad y primacía basado en criterios humanos: nos hemos enterado que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto (v. 24); tal actitud impide el rompimiento con el pasado, con la seguridad que otorga el poder y con una ley que, sin ser superada, has sido transformada por medio del amor. ¿Hacia dónde se dirige todo?: hacia la novedad y la transformación de la persona, no con leyes que se imponen sino con cambios de actitud y signos de conversión sincera. La carta (o documento conciliar) dirigida a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia, convertidos del paganismo (v. 23) así lo propone y establece:
El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias. A saber: que se abstengan de la fornicación y de comer lo inmolado a los ídolos, la sangre y los animales estrangulados. Si se apartan de esas cosas, harán bien (vv. 28 y 29).
La postura y la firme decisión de los apóstoles, de los ancianos, de Pedro, de Santiago, de Bernabé e, incluso, del mismo Pablo recién convertido, hunde sus raíces en las palabras del Maestro que hoy nos recuerda el evangelio de Juan (14,23-29):
- El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama, no cumplirá mis palabras (vv. 23 y 24): la nueva ley es el amor y se cumple amando.
- El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho (v. 26): el Espíritu ungirá a los discípulos para convertirlos en enviados y en testigos de la Palabra; además, consolida la Buena Nueva y es garantía de la verdad.
- La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden (v. 27): la paz es fruto de la justicia; justicia por la que Jesús ha luchado y entregado su vida. No es la justicia del hombre, basada en leyes efímeras, sino la justicia de Dios, basada en la misericordia. Pero esta justicia no puede surgir sino del amor.
El texto del Apocalipsis de Juan, por medio de los símbolos y de la revelación que ha recibido el apóstol, no hace más que confirmar que la Iglesia, cualquiera que sea su origen y su misión (paganos, helenistas, gentiles, etc.), está cimentada sobre una base única:
La muralla descansaba sobre doce cimientos, en los que estaban escritos los doce nombres de los apóstoles del Cordero (Ap 21,14).
Pero más allá de la reflexión teológico-bíblica en torno a estos textos, encontramos una enseñanza para la vida y para nuestro modo de hacer Iglesia hoy. Desde la perspectiva analítica de Schökel podemos ver que el llamado Concilio de Jerusalén se enfrenta a una realidad de marginación en el mismo seno de la comunidad cristiana: los desacuerdos en torno a la aplicación de una ley, que había quedado en el pasado, provocó la marginación de helenistas cristianos y de los paganos convertidos en una Iglesia dominada por los judeocristianos…
Hoy, los marginados, son las mujeres en un mundo dominado por los hombres; los niños en un mundo de adultos; los enfermos en un mundo obsesionado por la salud y el hedonismo; el tercer mundo dominado por el primero; son los pobres, los emigrantes, los indígenas, los trabajadores y, en general, los marginados de nuestra sociedad. Las palabras de Pedro en Jerusalén siguen resonando proféticamente en nuestros días: Si Dios los ha elegido, ¿quiénes somos nosotros para marginarlos? (La Biblia de Nuestro Pueblo).
Además, siguiendo los lineamientos del Concilio de Jerusalén, al término de la carta dirigida a los cristianos de Antioquía, nos debemos preguntar: ¿de qué actos de fornicación debemos abstenernos hoy, de cuáles ídolos tendremos que liberarnos y de cuál sangre derramada y ofrecida a ellos?
En la meditación que el Papa Francisco hizo la mañana del jueves 28, en torno al mismo texto de Hechos, nos invita a reflexionar en lo siguiente:
También hoy en la Iglesia hay resistencias a las sorpresas del Espíritu», pero el Espíritu mismo ayuda a vencerlas y a seguir adelante…
Esta es la vía de la Iglesia hasta hoy. Y cuando el Espíritu nos sorprende con algo que parece nuevo o que ‘nunca se ha hecho así’, ‘hay que hacer así’; piensen en el Vaticano II, en las resistencias que tuvo el Concilio Vaticano II, y digo esto porque es el que está más cerca de nosotros. Cuántas resistencias… También hoy hay resistencias que continúan de una u otra forma, y el Espíritu es el que sigue adelante. Y la vía de la Iglesia es esta: reunirse, unirse juntos, escucharse, discutir, rezar y decidir. Y esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡El Espíritu! Otra vez el protagonista. ¿Qué pide el Señor? Docilidad al Espíritu. ¿Qué nos pide el Señor? No tener miedo, cuando vemos que es el Espíritu quien nos llama.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

