
DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Jos 24,1-2.15-17.18; Sal 33; Ef 5,21-32; Jn 6,55.60-69
En su largo camino hacia la libertad y a pesar de las pruebas y vicisitudes a las que se enfrentó, Israel sabía que siempre podía confiar en Dios, no había duda en ello; no obstante, fue necesario confirmar su fidelidad. Por eso, Josué convocó en Siquem a todas las tribus de Israel y reunió a los ancianos, a los jueces, a los jefes y a los escribas. Cuando todos estuvieron en presencia del Señor, Josué le dijo al pueblo: “Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir…” (Jos 24,1).
Un reto que los ponía ante el dilema de la existencia y de la fe, pero el pueblo, que había experimentado la cercanía y la generosidad de su Dios, respondió con firmeza: Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios (vv. 16-17).
El evangelio de Juan (6,55.60-69) narra cómo muchos discípulos (v. 66) abandonaron a Jesús, porque estaban decepcionados de lo que el maestro decía y que, evidentemente, ponía en duda sus expectativas.
El hambre, las necesidades y las carencias posiblemente subsistían, y aunque Jesús las conocía, ya no tenía, al parecer, la intención de repetir, una y otra vez, el mismo milagro, hasta mitigar una exigencia insaciable. Por el contrario, de manera incomprensible, se ofrecía a sí mismo como alimento: mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (v. 55).
Una propuesta así exige discernimiento y capacidad para mirar más allá de la inmediatez. Él desea que el hombre se alimente de su palabra, que se nutra de la buena nueva y pueda, así, mirar la vida con otros ojos y descubrir que en el amor son posibles la justicia y la equidad. Pero quizá, también nosotros, como a aquellos discípulos, no lo comprendamos y consideramos que ese modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? (v. 60).
Cuando hacemos opciones superficiales, bajo el influjo de la fascinación, o el arrojo de las emociones, corremos el riesgo de ser impulsivos e impertinentes; tal vez, toleremos medianamente lo que el Señor nos pide, sin estar convencidos de aceptarlo, o hacerlo nuestro definitivamente. La tolerancia es reflejo de la mediocridad que “acepta” sin comprometerse, siempre bajo sospecha y descontento; por eso, las palabras del maestro pueden parecernos intolerables y, posiblemente, no quede más que echarse para atrás y ya no querer andar con él (v. 66).
Sólo resta dejarnos interpelar, como Israel en Siquem; adentrarnos en el vasto desierto de nuestra soledad y nuestras dudas, y escuchar con humildad esa voz que, sin someternos, espera nuestra respuesta libre y decidida:
¿También ustedes quieren dejarme?… Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 67-69).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
