DOMINGO 25

DOMINGO II DE CUARESMA

Éste es mi Hijo amado; escúchenlo (Mc 9,7)
  • Gn 22,1-2.9-13.15-18; Sal 115; Rm 8,31-34; Mc 9,2-10

Escuchar significa confiar, esperar, aceptar, seguir… Gracias a ello adquirimos un conocimiento más en nuestro haber: información, datos, una idea. Podemos saciar nuestra curiosidad, o mitigar una duda; resolver, tal vez, un dilema, o adquirir la respuesta a una pregunta.

Pero es claro que todo lo que llegue a nosotros, no importando la finalidad, tendrá sesgos negativos o positivos, dependiendo de qué escuchemos, o a quién escuchemos; dependerá, también, de la orientación de nuestras búsquedas y el discernimiento de las voces y las propuestas que se presentan ante nosotros, y a las que podremos oponernos, resistir y entregarnos.

El primer mandato exigido a Israel fue la escucha: Escucha Israel (Dt 6,4), mismo que se ha extendido a todo creyente que ha puesto su confianza en Yahvé.

De la escucha profunda y sincera se desatan los procesos de la fe y se abre ante el hombre un camino inadvertido que lo llevará hacia la plenitud y la madurez.

Abraham escuchó el llamado de Yahvé y respondió. Sin dudar, y a pesar de la desgarradora petición, se puso en camino, tal vez cargando sus dudas y resistencias, pero confiando en esa misma voz que lo había transformado, tiempo atrás, en un hombre distinto, portador de una promesa. A cada llamado Abraham responde, simplemente: Aquí estoy (vv. 1 y 11); estoy yo porque estás tú.

Esa fe profunda del patriarca, incuestionable, en los mismos términos de confianza absoluta, es a la que Pablo se refiere, cuando afirma: Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? (Rm 8,31).

Nada habrá que nos confunda si realmente atendemos esa voz que nos dice constantemente: Éste es mi Hijo amado; escúchenlo (Mc 9,7). No hay otra palabra en la cual confiar y no hay otra que colme de sentido y plenitud nuestras búsquedas.

La transfiguración de Jesús, que nos ilumina, es también ahora transfiguración de todo nuestro ser: pensar, actuar y vivir distinto. Por eso, Pablo mitiga toda duda respecto de esta experiencia transformadora: El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? (Rm 8,32).

Escuchar al Hijo es, al mismo tiempo, certeza y garantía de salvación: Si Dios mismo es quien los perdona, ¿quién será el que los condene? (Rm 8,33).

Este es también el llamado de la cuaresma: Escuchar al Hijo para convertir nuestros corazones.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

NOTA: En el siguiente enlace encontrarás el material ofrecido por CELAM para el Domingo II de Cuaresma 2024: