DOMINGO 25

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

Quien me reconozca ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos (v. 32).
  • Jr 20,10-13; Sal 68; Rm 5,12-15; Mt 10,26-33

Sin lugar a duda, todos hemos sufrido a causa de los rumores, las intrigas, la envidia o la incomprensión; pero también hemos sido parte de la difamación que destruye la vida de otros y los hunde en el más profundo desprecio e indignación.

Los humanos complicamos la relación entre nosotros, sobre todo, cuando no encontramos puntos de convergencia en ideas y pensamientos; o los intereses de unos y otros son dispares, incompatibles y contrapuestos. Y así, inevitablemente, llegamos a relaciones destructivas, que no son más que el sustento de proyectos de muerte y oprobio.

La voluntad de Dios es un proyecto distinto, que incomoda a cualquiera, interpela y pide tomar postura ante cambios radicales y definitivos, a veces duros de aceptar, pero inevitables cuando se apuesta por ella. Si no la comprendemos, sólo veremos terror por todas partes(Jr 20,).

La experiencia de Jeremías nos recuerda que, cuando el Señor nos elige y damos respuesta a su llamado, nos enfrentaremos no sólo a la incomprensión de los hombres, sino a una serie de adversidad que pondrán en riesgo nuestra vida: Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él(Jr 20,).

El canto del salmista nos ayuda a tomar consciencia de ello y acogerlo en lo más profundo del corazón:

Por ti he sufrido oprobios y la vergüenza cubre mi semblante. Extraño soy y advenedizo, aun para aquellos de mi propia sangre, pues me devora el celo de tu casa, el odio del que te odia, en mí recae (Sal 68,).

Pero es probable que el peso de la adversidad nos obligue a claudicar, a desdecirnos y negar nuestras fe; entonces, las consecuencias serán irrevocables: al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos(Mt 10,33).

Jesús resalta tres principios que reaniman la confianza y fortalecen la fe más profunda: uno, la verdad por sobre todas las cosas, que se proclama de día y se grita en lo alto de las azoteas (cf. vv. 26-27); dos, la primacía de la interioridad (alma) como fundamento de la vida, ante los embates de la muerte (cf. v. 28) y, tres, el valor de la persona como eje rector de su dignidad en medio de todos los seres (cf. vv. 30-31).

¡No tengan miedo! (vv. 26, 28 y 31), quien me reconozca ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos (v. 32).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.