
DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO
- Is 66,18-21; Sal 116; Heb 12,5-7.11-13; Lc 13,22-30
La estrechez es una experiencia indeseable que, en nuestras sociedades, en la medida que sea posible, se evita a toda costa, para no sufrir carencias o insatisfacción.
Pero vivimos en un mundo de marcados contrastes donde, si bien podemos hablar de abundancia y riqueza -en el caso de algunos-, nos enfrentamos también a la escasez, la carestía y la pobreza que prefiguran, precisamente, un camino existencial estrecho y angustioso, para muchos.
Desde al ámbito socioeconómico la estrechez nos remite a las vicisitudes económicas, laborales, políticas, educativas, culturales, o de oportunidades por las que atraviesan individuos y colectivos humanos, que pueden ser superables, o no, pero que los mantienen en la incertidumbre y la zozobra.
En contraste (tal vez para algunos sea una contradicción), desde el ámbito religioso y espiritual, la estreches se presenta como un reto y como una oportunidad de madurez, crecimiento y liberación. Estrechez que, paradójicamente, abre la puerta hacia el camino de la perfección.
Juan de la Cruz, haciendo alusión a la imagen de la puerta estrecha (Lc 13,24 // Mt 7,13-14), propone dos caminos para el espiritual: la senda estrecha, pero más segura, por la que ha de ir el alma enamorada al encuentro con su Amado; este es el camino de la perfección. La otra senda, más llamativa, amplia y cómoda, aparentemente, es un riesgo para el alma que se confía, pues se habrá encausado por el camino de la perdición.
La estrechez sanjuanista se refiere a la desnudez y el vacío de espíritu, la negación total de todo aquello que estorba e impide caminar con libertad, llevando al creyente por el camino de las nadas. Así lo expresa el santo:
Y también es de notar que primero dice que es angosta la puerta, para dar a entender que para entrar el alma por esta puerta de Cristo, que es el principio del camino, primero se ha de angostar y desnudar la voluntad en todas las cosas sensuales y temporales, amando a Dios sobre todas ellas; lo cual pertenece a la noche del sentido, que habemos dicho.
Y luego dice que es estrecho el camino, conviene a saber, de la perfección; para dar a entender que, para ir por el camino de perfección, no sólo ha de entrar por la puerta angosta, vaciándose de lo sensitivo, más también se ha de estrechar, desapropiándose y desembarazándose propiamente en lo que es de parte del espíritu. Y así, lo que dice de la puerta angosta podemos referir a la parte sensitiva del hombre; y lo que dice del camino estrecho, podemos entender de la espiritual o racional; y en lo que dice que pocos son los que le hallan, se debe notar la causa, que es porque pocos hay que sepan y quieran entrar en esta suma desnudez y vacío de espíritu. Porque esta senda del alto monte de perfección, como quiera que ella vaya hacia arriba y sea angosta, tales guiadores requieren, que ni lleven carga que les haga peso cuanto a lo inferior ni (cosa) que les haga embarazo cuanto a lo superior; que, pues es trato en que sólo Dios se busca y se granjea, sólo Dios es el que se ha de buscar y granjear. (2S 7, 2-3)
El evangelio, en esta misma línea, propone la salvación, no sólo como un don venido de Dios, sino como un quehacer constante del hombre, pero no como un privilegio que, en ocasiones, nos desinstala y confunde, haciéndonos ver la puerta estrecha como un mero trámite postergable e innecesario; el exceso de confianza en las propias certezas nos pone en conflicto con las exigencias del evangelio y a adoptar una postura irreconciliable con el Padre:
Hay que esforzarse por «entrar por la puerta estrecha» -dice Luis A. Schökel-, lo cual quiere decir que hay mucho que aportar desde nuestras capacidades y posibilidades para nuestra propia salvación, entendida como una dimensión nueva de la vida que hay que comenzar a construir aquí. En la perspectiva de Jesús, algunos están dentro como participando de un banquete y otros quieren entrar, pero no pueden porque resultan tan extraños para el amo que no se les puede abrir la puerta. Es evidente que estos excluidosdel banquete son los propios paisanos de Jesús que, habiendo recibido la fe desde épocas antiguas, no han sabido ponerla en práctica, por el contrario, se han creado una falsa seguridad pensando que por derecho propio deben ser los primeros en entrar al banquete. (La Biblia de Nuestro Pueblo, comentario a Lc 13,22-30)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
