DOMINGO II DE PASCUA

(v. 29)
VER
Ser o no ser…, creer o no creer. Es el dilema al que nos enfrentamos constantemente cuando pierden fuerza los fundamentos de la vida y la verdad. Así, vivimos un conflicto entre la indefinición de la identidad y la indecisión de las convicciones.
Gente que no sabe lo que es, o lo que desearía ser, porque no se ha dado la oportunidad, a sí misma, ni el tiempo, de preguntarse en qué cree y en quién podría confiar; toda razón, que no sea la suya, le parece dudosa y no logra descubrir la verdad en la experiencia, en el testimonio o en la palabra ajena; simplemente no cree, porque no ve, ni toca ni siente…
ILUMINAR
Hch 5,12-16; Ap 1,9-11.12-13.17-19; Jn 20,19-31.
El número de hombres y mujeres que creían en el Señor iba creciendo de día en día, hasta el punto que tenían que sacar en literas y camillas a los enfermos y ponerlos en las plazas, para que, cuando Pedro pasara, al menos su sombra cayera sobre ellos (Hch 5,14-15).
En la sombra que Pedro proyecta sobre la gente, subyace la convicción, profunda y clara, de ser enviados por el Señor, él y los discípulos, a curar enfermos, liberar cautivos, expulsar demonios (Mc 16,15-18) y perdonar los pecados (Jn 20,23). Pedro y los apóstoles pasan haciendo el bien en nombre de Jesús resucitado, realizando muchos signos y prodigios en medio del pueblo (Hch 5, 12); han creído y la paz que inundó su corazón, les permitió recibir y acoger la fuerza del Espíritu Santo que el Señor les dio (cf. v. 21-22).
Testigos de la resurrección y de la palabra, transmiten un mensaje permeado de verdad y certidumbre, con una fuerza transformadora tal que todos quedaban curados (Hch 5,16). No había espacio para la duda o la incredulidad, bastaba creer que en la sombra de Pedro se manifestaba la presencia de su Señor.
Pero, cuando perdemos de vista la verdad y deja de tener sentido, las dudas invaden el corazón y la superstición gana terreno en él: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25).
Podemos no creer, desconfiar, pero siempre habrá momentos inesperados para recapitular y descubrir que la fe verdadera, desnuda de todo prejuicio, se configura en la escucha y se anida en un corazón libre:
¡Dichosos los que creen sin haber visto! (v. 29)
ACTUAR
El Papa Francisco nos invita a reflexionar:
Hermanos y hermanas, especialmente cuando experimentamos cansancios o momentos de crisis, Jesús, el Resucitado, desea volver para estar con nosotros. Sólo espera que lo busquemos, que lo invoquemos, incluso que protestemos, como Tomás, llevándole nuestras necesidades y nuestra incredulidad. Él siempre vuelve. ¿Por qué? Porque es paciente y misericordioso. Viene a abrir los cenáculos de nuestros miedos, nuestras incredulidades, porque siempre quiere darnos otra oportunidad.
Jesús es el Señor de las «otras oportunidades»: siempre nos da otra, siempre. Pensemos entonces en la última vez -hagamos un poco de memoria- cuando, durante un momento difícil o un período de crisis, nos hemos encerrado en nosotros mismos, atrincherándonos en nuestros problemas y dejando a Jesús fuera de casa. Y prometámonos, la próxima vez, en nuestro cansancio, buscar a Jesús, volver a Él, a su perdón – ¡Él siempre perdona, siempre! -, regresar a esas llagas que nos han curado. De este modo, también seremos capaces de compasión, de acercarnos sin rigidez ni prejuicios a las llagas de los demás. (Regina Caeli, 24 de abril de 2022).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
