NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
- 2Sam 5,1-3; Col 1,12-20; Lc 23,35-43
Con la solemnidad de Jesucristo rey del Universo, cerramos el tiempo ordinario, para, enseguida, dar paso al tiempo de Adviento. Así, reconocemos a Jesús como Rey absoluto, en quien descubrimos la verdad y fincamos nuestra esperanza.
Su presencia entre nosotros, sus palabras y mensaje nos revelan con claridad un reinado distinto, animado por un Dios de bondad y misericordia.
El evangelio de Lucas nos habla de un rey que se manifiesta, como tal, clavado sobre una cruz; una imagen contradictoria que, al parecer, es signo de un fracaso evidente, que pone en duda la salvación: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido (v. 35).
El fracaso siempre lleva al sin sentido, a la desesperanza y creer que la muerte definitiva es lo único seguro. La desesperación que esto provoca, arroja gritos de dolor y desaliento: ¡Sálvate y sálvanos! (cf. v. 39).
No obstante, una mirada contemplativa y un corazón humilde, son capaces de ver más allá de lo terminal y reencontrar el camino de la esperanza: Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí (v. 42).
Y resulta que ese Reino que sobrepasa los límites de lo convencional y lo finito, no está en “el más allá”, sino aquí y ahora: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso (v. 43).
Nos encontramos frente a un Reino que hace de la cruz su trono, del amor su ley y de lo inaceptable a los ojos del hombre la única posibilidad de salvación.
Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por él quiso reconciliar todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangra, derramada en la cruz (Col 1,19-20).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

