DOMINGO 23

DOMINGO III DE CUARESMA

Voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto (v. 9)
  • Ex 3,1-8.13-15; Sal 103; 1Cor 10,1-6. 10-12; Lc 13,1-9.

Hermanos: No quiero que olviden que en el desierto nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos cruzaron en Mar Rojo… (1Cor 10,1).

El desierto, la inexorable prueba por la que debió pasar Israel, horizonte interminable sin fin predecible, donde, a cada paso, los peligros retaban a muerte la incipiente libertad de un pueblo que había dejado atrás la esclavitud. Justo allí, en medio de la incertidumbre, Dios acompaña y sostiene, provee con lo necesario para que el pueblo no desfallezca ni pierda la esperanza. Sin embargo, la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en el desierto (1Cor 10,5).

Del mismo modo que liberó a Israel, cada día baja a liberarnos y haca de nuestra vida tierra de promisión, rica y generosa:

He descendido para liberar a mi pueblo de la opresión de los egipcios, para sacarlos de aquellas tierras y llevarlos a una tierra buena y espaciosa, una tierra que mana leche y miel (Ex 3,8).

Perseverar y confiar son la clave para cruzar los mares de la vida (cf. Ex 3,1) y alcanzar la libertad absoluta. Aunque a veces, sucede que el peso de la adversidad nos vence, cegando el entendimiento hasta perder la memoria, olvidando, así, las promesas de Dios y su misericordia.

Plantados en su viña, espera que demos frutos abundantes (cf. Mt 21,41-43). Pero esa “desmemoria”, a la que estamos sujetos, ensombrece el corazón, nos paraliza y nos hace improductivos. Por eso, el Señor se lamenta: Durante tres años seguidos (o a lo largo de la vida) he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado… ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? (Lc 13,7).

En esta tierra, que es la vida del hombre y su historia, se encuentran, en un choque de contrastes, la fragilidad humana y el gesto misericordioso del Padre que acoge nuestras miserias y vuelve a confiar en nosotros: Déjala todavía este año… (v. 8).

El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia (Sal 103,8)

Cómo es nuestra vida creyente: ¿Dinámica y productiva? ¿Creativa y propositiva? ¿Generosa con los demás? o, por el contrario, simple y sencillamente ocupamos inútilmente un espacio en la vida (cf. v. 7). Si así fuese, corremos el mismo destino de la higuera… Aunque, siempre habrá una oportunidad, si nos convertimos de corazón (cf. Lc 13,5): Señor, déjala todavía este año (v. 8).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.