
DOMINGO IV DE ADVIENTO
- Miq 5,1-4; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45
Llegamos al cuarto domingo de Adviento. La Liturgia de la Palabra nos pone en contexto y prepara, así, el acontecimiento del ingreso de Dios en la historia humana por medio de un relato, tan humano como revelador: una visita.
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea… (Lc 1,39), a visitar a Isabel, su prima, quien, como ella, esperaba un hijo; ambos, marcados con el sello del Espíritu de Yahvé.
Dos mujeres sorprendidas por algo inadvertido: María, la joven virgen prometida en matrimonio, sería madre sin conocer varón (Lc 1,34); Isabel, que había perdido toda esperanza, recibe la bendición del primogénito en edad avanzada (Lc 1,18); en las dos se manifiesta la fuerza creadora del Espíritu divino. Pero ¿por qué la sorpresa?: María e Isabel, probablemente, soportaban las limitaciones propias de su condición en un contexto religioso poco sensible a la realidad femenina, añadiendo que una era joven (inexperta y sometida a la autoridad paterna) y la otra era vieja (inútil e inservible). Por si fuera poco, la ley podría llevarlas a la condena: por el pecado de adulterio al quedar embarazada fuera del matrimonio (María); la esterilidad era causa de humillación y desprecio (Isabel). Sólo quedaba para ellas el repudio.
La visita de María a Isabel no se comprende plenamente sin tomar en cuenta el texto de Lucas en versículos anteriores (vv. 24 y 26), mismos que hemos escuchado en la Liturgia de la Palabra del sábado: después de concebir, Isabel permaneció escondida durante cinco meses, cuyo valor simbólico -dice Schökel- es el siguiente: las cosas de Dios no se entiende de una vez, somos lentos para entender a Dios; pero finalmente, si hay fe y sencillez de corazón, las acciones de Dios sí pueden ser comprendidas. Cinco meses para asimilar lo que está sucediendo, necesarios para que al sexto mes Dios enviara nuevamente al ángel (v. 26), ahora a Nazaret, para anunciar a María que había sido elegida…
María se encaminó presurosa a las montañas de Judea (v. 39), para compartir su dicha y que Isabel le ayudara a comprender lo que eso significaba en sus vidas:
Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!… Dichosa, tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor (vv. 42,43 y 45).
Isabel y Zacarías representan al antiguo pueblo de Israel que, a través del nacimiento de Juan, entraría en la dinámica de la Nueva Alianza. María, por el contrario, representa al nuevo pueblo; en ella y en el nacimiento de Jesús, se traza el inicio de la Nueva Alianza y del nuevo reinado de Dios en la historia de los hombres.
Lucas nos ofrece un acontecimiento totalmente humano, en el que dos mujeres gozan y comparten su alegría por el embarazo inesperado, y al mismo tiempo revelador, puesto que en ellas se hace presente el Espíritu y, con él, la llegada de tiempos nuevos.
De este cuarto domingo de Adviento podemos obtener las siguientes enseñanzas y convertirlas en actos de fe, como Isabel y María:
- Reconocer nuestra “esterilidades” y pedir a Dios que su Espíritu nos cubra para que las fecunde y las haga fructificar.
- Nuestra vida, en las sociedades modernas, lo que menos tiene es tiempo para meditar, para reposar los acontecimientos y para entender lo que sucede. Démonos tiempo, como Isabel, para comprender a fondo la Palabra, a través de la vida y de la historia, y ponerla en práctica.
- Tomar camino como María para encontrarnos con alguien, a quien le compartamos lo que nos pasa, lo que no comprendemos, lo que nos asombra y pedirle, con sencillez, que nos ayude a entender los misterios de la fe.
- Tener la humildad de decir, ante cualquier persona que nos visite: ¿Quién soy yo, para que vengas a verme?..
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
