DOMINGO 22

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

Síganme y yo los haré pescadores de hombres
(Mt 4,19)
  • Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-23

Los exhorto, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes (1Cor 1,10)

Algunos de entre los católicos hemos creado un exclusivo privilegio respecto de la predicación de la Buena Nueva, y del evangelio mismo, con el que acotamos y delimitamos no sólo a quién deba ser anunciado, sino, tristemente, a quiénes dejaremos fuera del llamado universal a la salvación y, sobre todo, a la participación.

Pareciera que leemos el evangelio con una ceguera funcional y luego, lo vivimos bajo los efectos de una desmemoria crónica, haciendo caso omiso de un acontecimiento irrefutable: que la predicación del evangelio comenzó en tierra de paganos, dirigida a un pueblo, a un gran sector de la humanidad excluido, que vivía en tinieblas y en tierra de sombras (cf. Is 8,23-9,1; Mt 4,15-16), y ¡que fue el mismo Jesús quien así lo inició!

Hemos construido un muro que nos divide entre elegidos y excluidos (¿elegidos y excluidos por quién?); un muro que no somos capaces, todavía, de cruzar, ni mucho menos derribar. Detrás de él nos protegemos y nos distanciamos de aquello y aquellos que necesitan de nuestra presencia para ayudarles a transformar su realidad y asegurarles que ya está cerca el Reino de los cielos(Mt 4,17).

Además, todo se diluye en un discurso que se pierde en la indefinición: ¿Paganos y tierra de paganos? Dos conceptos que no tienen identidad precisa en nuestra realidad, y lo que no tiene identidad, es cuento de hadas…

Otra mirada distinta, la de Jesús, nos ayudaría a identificar todas aquellas realidades humanas de exclusión por donde debemos comenzar, dejando nuestros Nazaret, para irnos a vivir a los Cafarnaúm de la historia donde nadie quiere ir…

Estamos llamados a ser la luz que mitiga las tinieblas y resplandece en medio de las sombras; a ser, como Andrés y Pedro, pescadores de hombres (Mt 4,19) y salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio. […] La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos […] (Papa Francisco, EG 20 y 24).

Ante este panorama y en el conflicto de estas disyuntivas, resuenan con fuerza y actualidad las palabras de Pablo a los corintios:

Hermanos: Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar (1Cor 1,10).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.