DOMINGO 21

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO

El tiempo apremia… (1Cor 7,29)
  • Jon 3,1-5.10; Sal 24; 1Cor 7,29-31; Mc 1,14-20

El rumbo de nuestras vidas, desde hace tiempo, ha tomado para sí el ritmo del mundo y de las sociedades: acelerado, vertiginoso, incontenible… Un ritmo que nos agota y nos exige más; que no deja espacio para la pausa que permita respirar, recapitular, reordenar mente y corazón.

Atrapados en esa maraña de redes, de medios, de comunicación confusa, de información que va y viene sin poderla asimilar; náufragos en una marea de compromisos que no podemos contener; somnolientos seres que viven “despiertos” en el cruel insomnio que nos adelanta el amanecer… Así, vivimos agobiado porque el tiempo apremia.

Apremia, sólo para alcanzar aquello que fenece, que no dura más que un soplo y que nos deja pequeñas satisfacciones, insípidas e inciertas. Por eso vale la pena recordar, como advierte Pablo, que este mundo que vemos es pasajero (1Cor 7,31)

Pero hay un tiempo inadvertido, oculto debajo del caos humano, que realmente nos apremia (1Cor 7,29):

Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio (Mc 1,15).

¿A caso necesitamos que la voz de Jonás resuene en cada corazón para creer en Dios y reordenar nuestras vidas y así evitar nuestra propia destrucción? (cf. Jon 3,4-5).

Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza (Sal 24,4-5).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.