DOMINGO 20

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO/DOMUND

¿Podrán pasar por la prueba que yo voy a pasar…? (v. 38)
  • Is 53,10-11; Heb 4,14-16; Mc 10,35-45

En los hijos de Zebedeo se proyectan las aspiraciones de mujeres y hombres que viven ajenos a la realidad, aquellos que sólo tienen mirada para sí mismos y su mundo. En el horizonte de su mirada no hay infinitos, únicamente ven dos lugares al lado del Señor. Santiago y Juan, confundidos por la ambición, desatinan pidiendo al Señor un inesperado deseo: Maestro, concédenos lo que vamos a pedirte (cf. v. 35).

Cuando Jesús pregunta ¿qué es lo que desean? (v. 36), pone al descubierto la insensatez de los discípulos, quienes, pasando por alto la realidad presente, se han perdido en la magia de un futuro idealizado, cargado de ambiciones y poder: Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria (v. 37).

¡No saben lo que piden! (v. 38). Y así es, la ofuscación y la ambición impiden que veamos con claridad lo que realmente deseamos, damos “palos de ciego”, confiando que daremos en el blanco…

¡No debe ser así entre ustedes! (v. 43)

El Reino y su proyecto no se identifican con los criterios del deseo, sino con la justicia, el amor y el servicio. Echa raíces en un corazón dispuesto y decidido a caminar y asumir las pruebas que eso implica (cf. v. 38). Hay que estar abiertos a la novedad, pero también a la incertidumbre, confiando que, si pasamos la misma prueba y recibimos el mismo bautismo, habrá entonces un lugar para quienes está reservado. (v. 40)

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, como el Hijo del hombre, que no ha venido a que los sirvan, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos (vv. 43-44).

El Papa Francisco nos invita a romper la lógica de la indiferencia y la ambición, y sumergirnos en la vida del Seño:

Estamos frente a dos lógicas diferentes: los discípulos quieren emerger y Jesús quiere sumergirse. Detengámonos sobre estos dos verbos. El primero es emerger. Expresa esa mentalidad mundana por la que siempre somos tentados: vivir todas las cosas, incluso las relaciones, para alimentar nuestra ambición, para subir los peldaños del éxito, para alcanzar puestos importantes. La búsqueda del prestigio personal se puede convertir en una enfermedad del espíritu, incluso disfrazándose detrás de buenas intenciones; por ejemplo cuando, detrás del bien que hacemos y predicamos, en realidad nos buscamos solo a nosotros mismos y nuestra afirmación, es decir, ir adelante nosotros, trepar… Y esto también lo vemos en la Iglesia. Cuántas veces, los cristianos, que deberíamos ser servidores, tratamos de trepar, de ir adelante. Por eso, siempre necesitamos verificar las verdaderas intenciones del corazón, preguntarnos: “¿Por qué llevo adelante este trabajo, esta responsabilidad? ¿Para ofrecer un servicio o para hacerme notar, ser alabado y recibir cumplidos?”. A esta lógica mundana, Jesús contrapone la suya: en vez de elevarse por encima de los demás, bajar del pedestal para servirlos; en vez de emerger sobre los otros, sumergirse en la vida de los otros. (Ángelus del 17 de octubre de 2021)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.