DOMINGO III DE CUARESMA

VER
Todo confluye en la vida del hombre: el bien y mal, la alegría y la tristeza, el gozo y el dolor, la esperanza, la oportunidad de vivir y la muerte… Hay realidades adversas que, con esfuerzo y tenacidad, podemos evitar o superar, otras, en cambio, son inevitables. No obstante, son parte fundamental de la experiencia humana, del crecimiento y la madurez de la persona.
Cada experiencia se abre ante nosotros como una oportunidad que, si la aceptamos, nos adentra en los misterios de la condición humana y nos permite saborear el vasto horizonte de la vida. Descubrimos, así, que no hay caminos planos ni horizontes homogéneos.
Los contrastes nos confrontan y son el contrapeso que tensan y miden la fortaleza de un individuo -o de un pueblo entero-, la profundidad de su fe y los alcances de la esperanza que anima su caminar; negarse a ello, o desdeñar su pedagogía intrínseca, equivaldría a morir en la más cruel desconfianza y en un agotador sin sentido de lo que somos y lo que hacemos.
Sobre el terreno de lo humano conviven y se entrelazan, lo bueno y lo malo, la más terrible adversidad, la vida, la muerte y la asombrosa riqueza de la bondad…
ILUMINAR
Ex 3,1-8.13-15; Sal 103; 1Cor 10,1-6. 10-12; Lc 13,1-9.
Hermanos: No quiero que olviden que en el desierto nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, todos cruzaron en Mar Rojo… (1Cor 10,1).
El desierto como prueba inexorable, un horizonte sin fin, donde los peligros inadvertidos retaban a muerte la incipiente libertad de un pueblo que había dejado atrás la esclavitud y la negación a vivir con dignidad. Justo allí, en medio de la incertidumbre y el miedo, Dios acompaña y sostiene, provee lo necesario para que Israel no desfallezca ni pierda la esperanza. Sin embargo, la mayoría de ellos desagradaron a Dios y murieron en el desierto (v. 5).
Perseverar y confiar son la clave para cruzar el mar rojo (v. 1) y alcanzar así la más plena libertad. Pero veces, el peso de la adversidad se sobrepone y ciega el entendimiento, provocando la “desmemoria”, a tal grado, que ya no habrá nada que conmemorar, porque se han olvidado las promesas de Dios y su misericordia con nosotros.
Él, liberando a Egipto, nos liberó también, abriendo ante nosotros una tierra de promisión, rica y generosa:
He descendido para liberar a mi pueblo de la opresión de los egipcios, para sacarlos de aquellas tierras y llevarlos a una tierra buena y espaciosa, una tierra que mana leche y miel (Ex 3,8).
Nos ha plantado en su viña para que demos frutos abundantes (cf. Mt 21,41-43). Pero esa “desmemoria” que ensombrece el corazón, nos hace improductivos y estériles. Por eso, el Señor se lamenta: Durante tres años seguidos (o a lo largo de la vida) he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado… ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente? (Lc 13,7).
Allí, en el terreno de lo humano, se entretejen la verdad y la mentira, el odio y la confianza, la infidelidad y la sensatez, y todas las contradicciones a las que el hombre se enfrenta, porque todo es posible en él. Allí mismo, experimenta el gesto misericordioso que acoge sus miserias y confía en él: Déjala todavía este año… (v. 8).
El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Como desde la tierra hasta el cielo, así es de grande su misericordia (Sal 103,8)
ACTUAR
Nuestra vida como cristianos, como creyentes, ¿es dinámica, activa y productiva? ¿Es creativa y propositiva? ¿Es generosa y enriquece a los demás?, o ¿estamos ocupando terreno inútilmente? (cf. v. 7). Si es así, corremos el riesgo de ser cortados como la higuera… Aunque siempre hay una oportunidad, si nos convertimos de corazón (cf. Lc 13,5):
Señor, déjala todavía este año (v. 8)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
