DOMINGO 19: PENTECOSTÉS

¡Ven, Dios Espíritu Santo y envíanos desde el cielo tu luz!
  • Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

Si retiras tu aliento, toda creatura muere y vuelve al polvo. Pero envías tu espíritu, que da vida, y renuevas el aspecto de la tierra.

Sal 103,29-30

El aspecto de la tierra, el rostro este mundo que habitamos, casa común de los hombres, se apaga, su vitalidad fenece y sus riquezas se agotan inconteniblemente; poco a poco muere ante nosotros y nosotros con ella. Tal vez involucionamos, sin apenas darnos cuenta, hacia el caos primigenio, allí, donde en un principio la tierra no tenía forma y las tinieblas cubrían el abismo (Gn 1,2).

Todo en ella se deforma: la convivencia entre los pueblos, la fraternidad y la familia como fundamentos de la sociedad, el sentido de comunión como símbolo de eclesialidad; se deforman los ecosistemas, las tierras de cultivo se erosionan; deforestación, deshielo, prolongadas sequías, inundaciones, plagas, pandemias…

Un mundo lacerado por la violencia, la corrupción, el crimen, la pobreza, el hambre, la desolación… Y el amor, con el que seríamos reconocido ante los hombres como discípulos del Señor (cf. Jn 13,35), ha quedado, al parecer, en el olvido, o en un desbordar de sentimientos inconsistentes que no abonan al cambio ni a la transformación de la realidad.

La solemnidad de Pentecostés pone ante nosotros tres rasgos fundamentales del cristianismo, como una propuesta de cambio:

  • Que el Espíritu es un viento fuerte, que resuena por todas partes y abrasa con un fuego trasformador, hasta consumir los impedimentos que nos separan a unos de otros, de tal modo, que el mensaje del evangelio pueda ser anunciado por todo el mundo y en todas las lenguas (cf. Hch 2,2-3).
  • Que en el Espíritu, como resalta Pablo, está la fuente de la diversidad, porque nos otorga, sin distingos, diferentes dones, diferentes servicios, diferentes actividades, con una proyección que se convierte, a su vez, en el fundamento de la justicia, porque en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (cf. 1Cor 12,4-7).
  • Que el Espíritu, acogido en la paz que nos deja el Señor, nos dinamiza y nos mueve, convirtiéndonos en enviados de la justicia, del perdón y la conversión: Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo… Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar (cf. Jn 20,21-23).

Todo, en conjunto, significa que en nosotros, ungidos con el Espíritu por medio del bautismo, asoma la posibilidad, real y efectiva, de frenar la involución y en un movimiento re-volucionario renovar el aspecto de la tierra, el tejido social y el corazón de cada hombre.

El Espíritu del Señor llena la faz de la tierra, porque en nosotros, pobladores del mundo, habita y se manifiesta el mismo Espíritu (cf. 1Cor 6,19) que bajó sobre él y lo envió a dar la buena noticia a los pobres, liberar a los cautivos, dar la visa a los ciegos y rescatar a los oprimidos (cf. Lc 4,18).

Somos el Espíritu que aletea sobre el caos y manifestación de la vida que surge desde abajo, es decir, desde el caos inicial, desde el no-ser, desde la debilidad, en última instancia, desde la muerte. Esta dimensión vivificante del Espíritu añade al tema del Espíritu de justicia la explicitación de que la justicia es creadora de vida, de vida plena… (Víctor Codina, SJ).[1]

Ven, Dios Espíritu Santo y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos.

Ven, amable huésped del alma…, sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas (Secuencia).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.


[1] Codina, V. (2015). El Espíritu del Señor actúa desde abajo. Ed. Sal Terrae. España.