DOMINGO 19

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND)

  • Ex 17,8-13; Sal 120; 2Tim 3,14-4,2; Lc 18,1-8
Orar siempre y sin desfallecer (Lc 18,1)

De vez en cuando nos vendría bien reflexionar, con toda seriedad, en torno a nuestro modo de orar: ¿Cuándo y cómo lo hacemos? ¿Por qué y para qué?; pero, sobre todo, qué repercusiones tiene en nosotros y en los demás.

El problema es que nuestra oración no siempre va más allá del pedir y rogar -a Dios por supuesto- aquello que, en un momento determinado o en una situación eventual, se nos ofrece. Así, oramos cuando “nos nace”, o cuando algo urgente se nos atraviesa por el camino y consideramos que la mejor solución es acudir a Dios.

Esto, ciertamente, es un aspecto habitual en la práctica de la oración, pero no lo es todo, y deja de tener sentido si no se convierte en experiencia orante, constante, profunda, perseverante, incansable…

Una oración que fortalezca la voluntad, para mantener los brazos en alto, hasta el final (cf. Ex 17,12); una oración que se alimente de la Palabra y, en consecuencia, nutra la vida del creyente, porque ella es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena (2Tim 3,16-17).

Es necesario orar siempre y sin desfallecer (Lc 18,1), hasta conseguir que la oración sea el detonante del cambio y la transformación de la sociedad; que su fuerza repercuta en la construcción de la justicia y en mantener la certeza de que Dios nos hará justicia sin tardar (v. 8).

La pregunta que nos invita a la reflexión es ésta: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra? (v. 8).

El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (Sal 120,2).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.