DOMINGO IV DE ADVIENTO

VER
La fe de mucha gente se disuelve tras largas esperas inconclusas; un creer sin sentido que, al final, no llega a nada, ni recibe de parte de Dios el más mínimo favor. Un silencio incomprensible ahogado por el estruendo de los ruidos mundanos.
Una ausencia que, al parecer, nos deja en el abandono; una orfandad espiritual que nada ni nadie puede llenar y hace más profundo el desaliento de la fe. Como quiera que sea, negar a Dios, desconocerlo u olvidarlo, es el modo más sutil de “amputar” en el hombre una parte fundamental de su vida y de su historia: para creer, o no creer, es necesario el referente divino; de lo contrario… ¿en quién se puede, o no se puede, creer?
Las experiencias humanas recogidas en los últimos años, teñidas en su gran mayoría por la crueldad, la violencia, el odio, la muerte, la pobreza…, nos llevan, tal vez, a preguntarnos ¿dónde está Dios? ¿Será posible creer que, en alguien como Él, podamos alguna vez experimentar amor, misericordia, bondad, justicia, paz, consuelo y perdón? Son las preguntas de un corazón increyente, cansado de esperar…
¡Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala…! (Sal 79,15)
ILUMINAR
Miq 5,1-4; Sal 79; Heb 10,5-10; Lc 1,39-45.
Cuando nos quedamos en el plano del pedir y del rogar, perdemos la oportunidad de comprender más a fondo la pedagogía de Dios; así, ante cualquier oráculo de los profetas, nos espantamos, damos pasos atrás y endurecemos el corazón, dejando que la fe muera agazapada en las trincheras del miedo y el desconsuelo.
La advertencia de Miqueas es tan radical como cuestionadora, y nos obliga a leer en primera persona las palabras de parte de Dios: Por eso, el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz (5,2).
Dios no abandona como abandona el hombre, desdiciéndose de su amor o traicionando su fidelidad; él se retira para que el pueblo se haga cargo de sí mismo y responsable de su vocación; para que engendre, en sus propias entrañas, la luz y la verdad. Es del pueblo de quien ha de nacer aquél que llenará la tierra y la colmará de su paz (cf. v. 4).
Es en María, mujer del pueblo, en quien la promesa venida de lo alto se hace realidad; en ella, la larga espera se ve colmada y las súplicas escuchadas. En el gozo de Isabel se encarna el gozo del pueblo que ha visto en María la presencia del Espíritu creador, que transforma y llena de alegría los corazones apocados.
¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno (Lc 1,42-44).
La incredulidad, la desesperanza y las resistencias de Israel -y las nuestras también- son superadas totalmente en el sí de María, en ella se encarna la esperanza anunciada por Miqueas: Él se levantará para pastorear a su pueblo con la fuerza y la majestad del Señor, su Dios (5,3):
Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor (Lc 1,45).
ACTUAR
María cree y actúa. Se levantó y se fue -advierte el Papa Francisco-. En el último tramo del camino del Adviento dejémonos guiar por estos dos verbos. Levantarse y caminar con prontitud: son los dos movimientos que María hizo y que nos invita también a nosotros a hacer en vista de la Navidad […]
Aprendamos de la Virgen esta forma de reaccionar: levantarnos, sobre todo cuando las dificultades amenazan con aplastarnos. Levantarnos, para no empantanarnos en los problemas, hundiéndonos en la autocompasión o cayendo en una tristeza que nos paraliza. Pero ¿por qué levantarnos? Porque Dios es grande y está preparado para levantarnos si nosotros le tendemos la mano. Entonces arrojemos en Él los pensamientos negativos, los miedos que bloquean todo impulso y que impiden ir adelante. Y después hagamos como María: ¡miremos a nuestro alrededor y busquemos alguna persona a la que podamos ser de ayuda! ¿Hay algún anciano que conozco al que puedo ayudar un poco, ser de compañía? Que cada uno lo piense. ¿O hacer un servicio a una persona, un favor, una llamada? ¿Pero a quién puedo ayudar? Me levanto y ayudo. Ayudando a los otros, nos ayudaremos a nosotros mismos a levantarnos de las dificultades (Ángelus, 19 de diciembre de 2021).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
