DOMINGO 18

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (v. 55)
  • Prov 9,1-6; Sal 33, Ef 5,15-20; Jn 6,51-58

Cuando escuchamos textos del evangelio, como el de hoy, que nos hablan del pan, o presentan a Jesús como el pan que hemos de comer para alcanzar la vida eterna, de inmediato pensamos en el pan eucarístico, la hostia que el ministro consagra y en la que creemos que está Jesús realmente presente.

Esto es parte de los fundamentos de nuestra fe y es incuestionable; ha sido transmitido por la tradición, establecido y defendido por el magisterio y aceptado profundamente en el corazón de cada creyente.

No obstante, corremos el riesgo de reducir la fuerza y la abundancia de la Buena Nueva, y al mismo Jesús, a sólo eso: una presencia eucarística, sin más, desconectada de la realidad, de los conflictos de la comunidad y, particularmente, del compromiso que se adquiere, con el hermano, con la sociedad y con el mundo, cuando nos convertimos en seguidores del Señor y hacemos del Reino nuestro propio proyecto de vida.

El mandato de Jesús no se agota en comer y beber, sino que se completa en algo fundamental: ir por el mundo y predicar el evangelio. Lo primero puede resultar cómodo sin lo segundo.

¿Qué significa comer la carne y beber la sangre de Jesús?

Tal vez a mucha gente, creyentes y no creyente, les parezca, como a los judíos de aquel tiempo (cf. v. 52), una idea descabellada y absurda. Pero eso sucede porque no nos detenemos a reflexionar el significado y el sentido simbólico de la carne y la sangre en el lenguaje bíblico.

Carne y sangre simbolizan la totalidad de la persona; la carne, que es el cuerpo, es la dimensión relacional y presencial de un individuo; lo que cada uno es ante los demás expresado en gestos, palabras, acciones; en una palabra, es su identidad, o su personalidad. La sangre es la vida que corre por el cuerpo, internamente, y lo anima; sin ella, el hombre muere.

Por otro lado, comer y beber, también adquieren un peculiar significado en el contexto de los evangelios; simbolizan, en conjunto, una actitud de apertura y aceptación, que se traduce en acciones como asumir, acoger, asimilar, apropiarse, hacer nuestro e integrar a nuestra vida lo que otro es, dice o propone. Lo que sucede con el alimento cuando lo comemos, sucede con Jesús cuando lo aceptamos: nos nutren y nos dan vida.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús significa estar dispuestos a aceptarlo en la totalidad de su persona y su mensaje; significa hacer nuestras sus palabras, sus enseñanzas y, sobre todo, su mandato: amar e ir por el mundo anunciando, a todos los hombres, la Buena Nueva.

La mejor manera de explicarlo nos la ofrece el mismo Jesús: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (v. 56). Aunque hay algo más: la vida que recibimos se debe transmitir, hacerla extensiva a los demás: El pan que yo les doy es mi carne, para que el mundo tenga vida (v. 51).

Esta comunicación de vida participada –dice Luis A. Schökel– acontece en un contexto de misión. No se trata de una vida que se confina, sino que debe comunicarse a los demás, siguiendo el mismo impulso dinámico del Hijo, el enviado del Padre, que vino al mundo para dar vida (Comentario al evangelio de Jn 6,51-58, La Biblia de nuestro pueblo).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.