DOMINGO I DE CUARESMA

- Gn 9,8-15; Sal 24; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15.
En la vida de todo hombre, como en la de todo creyente, siempre habrá pruebas de toda índole, en las que se miden la entereza, la fuerza de la voluntad, la profundidad de las convicciones y, de manera particular, la fidelidad. Son pruebas que, si bien, se experimentan desde el ámbito personal, se extienden a la dimensión comunitaria; porque los individuos no viven aislados y su proceder, bueno o malo, repercute en el colectivo que los acoge y al que pertenecen.
La relación que Dios, desde antiguo, ha establecido con su pueblo, y aceptada por el pueblo con su Dios por medio de la Alianza, pasa inevitablemente por el filtro de la fidelidad, puesta constantemente a prueba.
Cada prueba pone en tensión la integridad del individuo, quien quiera que sea, y de la comunidad; tensión que hace evidente la fuerza, o la fragilidad, con la que se pueden soportar las adversidades, superarlas y obtener de ellas una oportunidad para trascender. De no ser así, a pesar del fracaso y de la confrontación con la muerte, que aparece como amenaza y condena, siempre habrá un resquicio para la esperanza, que se abrirá plenamente a través de la conversión.
Aunque el hombre se olvidara de su Dios, Dios nunca se olvidará de él (cf. Is 49,5). Esta es la razón primordial de la conversión y que la Sagrada Escritura se encargará de resaltar a cada momento: Dios permanece siempre fiel, y esa permanencia inmutable, caracterizada por una misericordia inagotable, nos revela que él siempre está cerca y no nos abandona.
Nos encontramos ante una faceta de Dios que, conmovido, se arrepiente y, desde su paternal preocupación, establece una alianza con toda la humanidad y con todos los seres vivos: No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida(Gn 9,15). Ante un Dios así, ¿quién no se conmueve y se convierte de corazón?
Ahora, esas aguas del diluvio, como dice Pedro, se han convertido en figura del bautismo, que purifica y salva; bautismo que se abre a todos los hombres como gesto de filiación y que implica vivir con buena conciencia ante Dios(1Pe 3,21). Es decir, vivir conscientemente el compromiso y asumir con responsabilidad las exigencias del evangelio y los alcances de la fe en Jesús resucitado.
La cuaresma es un camino de conversión, de reencuentro con uno mismo, con el hermano y con Dios. Es un tiempo de confrontación con toda prueba; una experiencia retadora que pondrá sobre el crisol la voluntad y la fidelidad al Dios que nos ha creado. En momentos, será como un desierto donde, como Jesús, seremos tentados por Satanás (Mc 1,12).
Tal vez, nos sintamos náufragos en medio de un diluvio que nos arrastra con fuerza, pero si nos mantenemos a flote, veremos el arcoíris que nos recuerda que Dios es el Dios de la vida, que no destruye ni condena.
La cuaresma nos advierte que el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ya está cerca. ¡Convirtámonos y creamos en el evangelio! (Mc 1,15).
Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina. Tú eres nuestro Dios y salvador y tenemos en ti nuestra esperanza (Sal 24).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
NOTA: En este enlace encontrarás un documento (PDF) para una mejor reflexión y vivencia del Domingo I de cuaresma: https://bit.ly/3wieVhP
