DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO

- Ez 17,22-24; Sal 91; 2Cor 5,6-10; Mc 4,26-34
El actuar de Dios en la vida de los hombres arropa un misterio, a veces insondable, que, sin comprender cómo, se nos manifiesta asombrosamente, llenándonos de vida, y vida en abundancia (cf. Jn 10,10).
Nuestra relación con él despierta y motiva la generosidad mutua: él, prodigándonos sin medida sus riquezas; nosotros, abriendo el corazón para acoger agradecidos su gesto amoroso. La generosidad de Dios no tiene límites, nunca cesa y en cada hombre él mira la posibilidad de su presencia; de nosotros, lo único que espera es la confianza, a veces ciega, a veces indispuesta.
Su actuar nos llama a convertirnos en tierra dócil y fértil, poque viene a nosotros como sembrador experto y decidido, capaz de humillar a los árboles altos y elevar a los pequeños; secar a los árboles lozanos y hacer florecer a los secos (cf. Ez 17,24).
Asumiendo nuestra vida como tierra de sembradío, tres facultades nos apremian para producir abundantemente: la confianza, la docilidad y la fertilidad. Facultades que Marcos ha plasmado con profundidad y precisión:
El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha (4,26-29).
En la confianza echan raíces la certeza, el porvenir, la alegría, la esperanza y la libertad; más aún, si la confianza está puesta en el Señor que, como dice Pablo, caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor (2Cor 5,7-8).
Salir de este cuerpo implica ir más allá de nosotros mismos y de nuestros infértiles aislamientos, para que, como la semilla, comenzar a producir: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas (Mc 4,28). Salir de este cuerpo significa dejar atrás la desconfianza y el orgullo desmedido, y comenzar a creer que la semilla del Reino que se nos ha confiado, por muy pequeña que sea (v. 31), crecerá y se convertirá en el mayor de los arbustos y echará ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra (v. 32).
Confianza que manifestamos en un canto de esperanza:
Como árboles plantados por la mano del Señor, seguiremos dando fruto en la vejez, frondosos y lozanos como jóvenes, (cf. Sal 91,13-15).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
