DOMINGO 16

Este es mi Hijo, ¡Escúchenlo! (v. 35).

DOMINGO II DE CUARESMA

  • Gn 15,5-12.17-18; Sal 26; Fil 3,17-4,1; Lc 9,28-36.

A esta tierra pertenecemos, indefectiblemente, y Pablo nos recuerda que también somos ciudadanos del cielo (Fil 3,20). Así, nuestra vida es configurada por ambas dimensiones y de cada una adquirimos lo más importante: los fundamentos de lo que somos (mundo/tierra) y las razones de lo que deseamos y esperamos (cielo).

En Abraham nos descubrimos herederos de esta tierra, vasta y fértil, símbolo de la esperanza que no defrauda y sello de esa Alianza con Yahvé que nos convierte en se pueblo; pueblo destinado a habitar, proteger y compartir, como hermanos, el mismo mundo. Del cielo, esperamos, dice Pablo, la salvación por medio de Jesucristo. Él trasformará nuestro cuerpo miserable en cuerpo glorioso, semejante al suyo… (Fil 3,21); nuestra finitud en eternidad, nuestra tristeza en alegría plena.

Abraham creyó y aceptó generosamente el destino que Dios le marcaba como padre de una gran descendencia; la sencillez de su fe, que se abría sin condiciones a los misterios de la Voluntad de Dios, lo hizo justo ante sus ojos.

Jesús, como hombre, aceptó también la Voluntad del Padre y la cumplió sin reservas; por eso, fue confirmado como Hijo y reconocido como elegido ante los hombres (Lc 9,35).

La relación de Abraham con Dios es la del creyente que confía y espera; la de Jesús se gesta en una dimensión orante de intimidad y cercanía, tan profunda que, mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes (v. 29).

En qué medida, nosotros, confiamos libremente en el designio de Dios y, como Abraham, aceptamos ser parte de esa descendencia y asumimos, responsablemente, esta tierra como heredad suya.

De qué manera rompemos y superamos las atrofias que el mundo nos impone, para escuchar con claridad esa voz inconfundible que destapa nuestras sorderas: ¡Escúchenlo!,y reorienta nuestra mirada perdida en medio de tanta confusión: Este es mi Hijo (v. 35).

A Jesús lo encontramos en la oración, que nos ayuda a superar las ilusiones y las idolatrías que nos llevan al estancamiento y la desproporción, y en la soledad, donde sólo a él se ha de mirar y buscar.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar? (Sal 26)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.