DOMINGO 15

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
(Mc 8,29)
  • Is 50,5-9; Sal 114; Sant 2, 14-18; Mc 8,27-35.

Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? (Sant 2,14).

La fe se expresa en el actuar constante y en la toma de postura ante la realidad y las necesidades más urgentes del hermano (cf. vv. 15-16); nos mueve y nos saca del letargo que la indecisión, el miedo o la apatía provocan en el corazón. Una fe que no se traduce en obras, está completamente muerta (v. 17).

La fe es un reto, porque subyace en ella un sí definitivo, que lanza a la persona hacia un caminar inadvertido; acoge y acepta la palabra del Señor como proyecto de vida, hasta decir: El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás (Is 50,5). Cuando aflora del encuentro con Dios, no hay cabida a la indiferencia ni a las dudas, porque en él no quedaremos confundidos (cf. v. 7):

Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente… (Is 50,8).

El creyente ha de saber, con claridad, en quién cree y porqué. Por eso, la pregunta de Jesús debe penetrar lo más profundo del corazón, hasta remover convicciones y certezas: Ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (Mc 8,29). La respuesta no sólo implica reconocerlo como el Mesías, sino asumir su mismo destino y estar dispuestos a todo:

El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (vv. 34-35).

Como Pedro, tal vez intentemos “disuadirnos” (cf. v. 32) para desistir de los compromisos con el Reino, o vivir aparentando una vida de buenas intenciones, sin hacer nada por los demás (cf. Sant 2,18).

Que la fe en el Señor nos anime a actuar y obrar con misericordia:

Quizá alguien podría decir: Tú tienes fe y yo tengo obras. A ver, cómo sin obras, me demuestras tu fe; yo en cambio, con mis obras te demostraré mi fe (Sant 2,18).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.