DOMINGO III DE ADVIENTO
- Is 35,1-6.10; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11
También nosotros, como el bautista en aquel momento, vivimos “encarcelados” en este mundo lleno de posibilidades, saturado de ofertas e incentivos que alimentan los deseos; un mundo donde hay cabida para todo, excepto para lo que realmente importa. La información va y viene a través del incontenible flujo de las redes, sin filtro ni mesura, más allá de la verdad y la cordura… En medio del caos, la incertidumbre y la confusión afloran, desde el corazón, preguntas que retan la fe: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11,3).
El tercer domingo de adviento clarifica nuestra ceguera e interpela con fuerza las distracciones que entorpecen, no sólo el corazón, sino también la razón y el entendimiento; esta incapacidad funcional (por demás voluntaria…) de no mirar más allá de lo inmediato y descubrir, con asombro, que el Reino de Dios es la tierra de los hombres(Ignacio Cacho Nazábal, SJ).
Una fe práctica, calculadora y fría, deja en otro las respuestas a las propias dudas e incertidumbres, que deberían surgir del corazón: ¿Eres tú o debemos esperar? Pero no hay respuesta. Jesús, como a Juan y a sus discípulos, nos saca del letargo para ver de manera distinta y oír desde el corazón y, así, dar testimonio de lo que estamos viendo y oyendo (cf. Mt,11,4):
Vayan a contar […] lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí (Mt 11,4-6).
El Adviento es tiempo de espera, silencio interior y discernimiento; tiempo para dar paz al corazón y tranquilidad a la fe. Aguardar pacientemente, como el labrador (cf. Sant 5,7), y mantener firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca(Sant 5,8).
Una mirada contemplativa es capaz de ver, más allá de murmuraciones y dudas (cf. Sant 5,9), la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios (Is 35,2).
La palabra de Jesús nos libera de la prisión del desánimo y el sufrimiento, toda profecía encuentra en Él el cumplimiento esperado. Es Cristo, de hecho, quien abre los ojos del hombre a la gloria de Dios. Él da la palabra a los oprimidos, a quienes la violencia y el odio les han quitado la voz; Él vence la ideología, que nos hace sordos a la verdad; Él cura las apariencias que deforman el cuerpo. (Papa León XIV, Ángelus 14 diciembre de 2025)
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

