DOMINGO 12

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

¡Levántate y vete. Tu fe te ha salvado! (Lc 17,19)
  • 2Re 5,14-17; Sal 97; 2Tim 2,8-13; Lc 17,11-19

Atados a nuestras propias esclavitudes, andamos por la vida con pesadumbre y aterrados por la sombra del miedo, que nos agobian; inmersos en una soledad infinita, donde no resuenan palabras que la interrumpan, o ecos lejanos que respondan, de algún modo, al lamento que nos hiere.

Es como una “lepra” que nos condena a estar fuera de toda realidad humana, incluso lejos de nosotros mismos; sumidos en el más terrible autodesprecio, asumimos que es incurable y que así moriremos…

En contrapartida a esa desesperanza, surge en medio del silencio una voz que cambia todo sin sentido: Por este Evangelio sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada (2Tim 2,9).

Las cadenas son nuestras, de nadie más, y vivir encadenados dependerá de nosotros, porque la palabra del Señor es una promesa de libertad, y nada hay que la pueda subyugar. Animada por ella, en la esperanza fluye un aliento que despierta el ímpetu de salir al encuentro y gritar con fuerza hasta reavivar la fe: ¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros! (Lc 17,13). Sin lugar a dudas: él se compadecerá de nosotros.

Solo un corazón agradecido se abrirá a esa presencia que cura, regenera y dignifica; siempre dispuesto a rehacer el camino y decir con humildad, gracias, Señor (cf. Lc 17,15-16), y reconocer, como Naamán, que no hay más Dios que el de Israel (2Re 5,15).

¡Levántate, tu fe te ha salvado! (Lc 17,19)

Las palabras del apóstol Pablo son para nosotros memorial de nuestra fe:

Si morimos con él, viviremos con él; si nos mantenemos firmes, reinaremos con él; si lo negamos, él también nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede contradecirse a sí mismo (2Tim 2,11-13).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.