DOMINGO III DE ADVIENTO
- Is 35,1-6.10; Sant 5,7-10; Mt 11,2-11

Lectura del santo evangelio según san Mateo
Mt 11, 2-11
En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí».
Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él».
Palabra del Señor.
¿Eres tú el que ha de venir…?
En un mundo tan lleno de posibilidades para el hombre, cargado de ofertas e incentivos que despiertan los más variados deseos; un mundo donde, al aparecer, todo tiene cabida, excepto aquello que realmente debería estar; donde la información va y viene a través del incontenible flujo de los medios y las redes, sin filtro ni mesura, pasando por encima de la verdad y la cordura… En un mundo así, en medio de ese caos, es probable que la fe se plantee preguntas desde la incertidumbre y la confusión: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (Mt 11,3).
La tercera semana del adviento interpela nuestras cegueras y las distracciones en la que hemos sumido, no sólo el corazón, sino también la razón y entendimiento; esa incapacidad funcional (por demás voluntaria…), necia y limitante, de no querer ver más allá de lo inmediato y no experimentar, con asombro, que el Reino de Dios es la tierra de los hombres (Ignacio Cacho Nazábal, SJ).
Las preguntas de una fe que intenta ser práctica, pretenden dejar en la respuesta del otro -en este caso del Señor-, la solución rápida a las incomprensibles dudas del interior. Pero no hay respuesta. Jesús, como a Juan y sus discípulos, nos saca del letargo y nos impulsa a ver de manera distinta y oír desde el corazón; y no sólo eso, sino también a dar testimonio de lo que estamos viendo y oyendo (cf. Mt,11,4).
El Adviento es tiempo de espera, de silencio interior y discernimiento; un tiempo para dar paz al corazón y tranquilidad a la fe; para aguardar pacientemente, como el labrador (cf. Sant 5,7), y mantener firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca(Sant 5,8).
Sólo una mirada contemplativa será capaz de ver-más allá de las murmuraciones y las dudas (cf. Sant 5,9)- la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios (Is 35,2).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
