EL ABRAZO…

EN MEMORIA Y HOMENAJE AL P. MARCELO PÉREZ P.

Con dedicatoria al Gobierno Federal, actual y anterior

EN LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa del bien, porque el Reino de los cielos les pertenece.

Mt 5,6.9-10.

La violencia en México, de frontera a frontera, nos está abrazando cada vez con más fuerza y su dominio es tal, que lo abarca todo.

Abraza a quien se cruce por su camino, no importando si son niños, mujeres, hombres, ancianos, migrantes, trabajadores, homosexuales, jóvenes, desempleados, políticos, militares, ministros, policías, activistas, religiosos, pastores, o clérigos… Simplemente, abraza y aniquila.

Pero reivindicar la inútil repercusión de tres palabras, “abrazos-no-balazos”, es como entramparse en una falacia que busca, a toda costa, convertirse en criterio conciliador, intentando, tal vez, razonar la violencia y esbozar un guiño “pacifista y condescendiente”, sin proyección moral ni sustento ético. No es más que un formalismo de etiqueta, una argucia política, una frase coyuntural…

La realidad es que los balazos no cesan, sino que van en aumento, y el único abrazo, por muy cruel que parezca, es el de la muerte violenta.

Resulta ingenuo creer que la vorágine del crimen se pueda contener, o sofocar, con un “cordial abrazo”, sobre todo si ha desbordado los límites de la coherencia y pasado por encima de leyes y autoridades. No se alcanza la paz abrazando a criminales y asesinos, o esperando que en algún momento (quién sabe cuándo…) reflexionen, dimitan y se “arrepientan” de sus actos por cuenta propia, o gracias a un milagro extraordinario que, realmente, nunca sucederá.

La paz es fruto de la justicia (Is 32,17), palabras proféticas que, por cierto, el expresidente López Obrador repitió hasta el cansancio en discursos, mañaneras, intervenciones y alusiones a la situación de violencia en México, sin siquiera mencionar de dónde provenía su fuente y, lo peor, no caer en cuenta en algo fundamental que, de hecho, contradicen de fondo su perspectiva del orden y la armonía social que él, y sólo él, tenía en mente: la paz únicamente se logra cuando se trabaja con y por la justicia, y cuando la justicia, desde los tres niveles, se ejerce, se ejecuta y se hace eficaz en toda situación que contraviene y amenaza el orden, la dignidad de la persona y los derechos fundamentales del pueblo.

Como el P. Marcelo, hay muchos más que han decidido, por el contrario, abrazar la causa de los pueblos desplazados y violentados por los grupos criminales; la causa de los pobres y desprotegidos; el dolor de las viudas, de los huérfanos y los ancianos abandonados; la desesperación de los despojados y la esperanza de los que creen, aman y luchan por la justicia.

Ellos, mujeres y hombres valientes, son los bienaventurados que tienen hambre y sed de justicia; los que son perseguidos por causa del bien. Sus sueños y sus luchas serán saciados y, no sólo el reino de los cielos, sino también el agradecimiento, el reconocimiento y el honor de sus hermanos les pertenece.

En palabras del Papa Francisco:

Jesús mismo remarca que este camino va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida, personas que molestan. Jesús recuerda cuánta gente es perseguida y ha sido perseguida sencillamente por haber luchado por la justicia, por haber vivido sus compromisos con Dios y con los demás. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque «quien quiera salvar su vida la perderá» (Mt 16,25).

La cruz, sobre todo los cansancios y los dolores que soportamos por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación. Recordemos que cuando el Nuevo Testamento habla de los sufrimientos que hay que soportar por el Evangelio, se refiere precisamente a las persecuciones (cf. Hch 5,41; Flp 1,29; Col 1,24; 2Tm 1,12; 1P 2,20; 4,14-16; Ap 2,10).

Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades. Jesús dice que habrá felicidad cuando «los calumnien de cualquier modo por mi causa» (Mt 5,11) […] (GE 90.92.94)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

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