Vayan y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios (Mt 9,13)
Hoy, en la Iglesia, vivimos una tensión muy parecida a la que Jesús vivió en casa de Mateo (9,9-13), aunque, a decir verdad, en casi todas las relaciones que entablaba con la gente del pueblo. Tensión que nace de un conflicto de intereses y una moral inquisitorial que descalifican, excluyen, condenan, recriminan, señalan y desprecian a publicanos y pecadores.
Preguntémonos: ¿Quiénes son los publicanos y pecadores que interpelan la escrupulosidad y tensan la moral?
Hace falta salir de nuestros parámetros y lineamientos religiosos, y sentarnos a la mesa con aquellos que rechazamos y a quienes Jesús, muy probablemente, llamaría a seguirlo, a compartir el pan, la alegría, la vida y la esperanza.
Es necesario ir a donde nunca vamos y aprender allí que la misericordia es y se vive cuando acogemos en el corazón la realidad del hombre, sin más, y la transformamos en gesto de fraternidad.
La advertencia de Pablo a la comunidad de Éfeso se actualiza hoy en nuestro modo de vivir y relacionarnos:
No salga de su boca palabra desedificante, sino la que sirve para la necesaria edificación, comunicando la gracia a los oyentes. Y no provoquen más al Santo Espíritu de Dios, con el cual fueron marcados para el día de la redención. Destierren de entre ustedes todo exacerbamiento, animosidad, ira, pendencia, insulto y toda clase de maldad. Sean, por el contrario, bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente como también Dios los ha perdonado en Cristo (Ef 4,29-32).
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
