DÍA DE LAS MADRES: Mayo 10/2024
Con todo cariño y admiración a Linda, mi esposa y madre de Pedro y Pablo, quien ha hecho de la maternidad una experiencia maravillosa y nos ha regalado su tenacidad, su dedicación y su inteligencia; a mi madre, Ernestina, que generosamente nos dio su vida hasta el último aliento y a Carla Santiesteva, mi querida amiga, quien a pesar de las adversidades, las dificultades y los obstáculos, ha decidido ser madre de Darío y Emilio.
Un profundo agradecimiento a ellas tres, y a tantas mujeres que, de igual manera, dan vida y la dan en abundancia.
Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. (Jn 16,21)
Por más que nos empeñemos en desconocer, rechazar o desvirtuar la experiencia de ser madre, no podremos negar que para todos, sin excepción, ha sido un acontecimiento trascendental. Es decir, si no hubiera sido por una madre que nos engendró en su vientre y nos parió, no estaríamos aquí…
En el respeto por la maternidad subyace, indefectiblemente, la certidumbre de la existencia humana. ¡Es ineludible!
Mientras algunas se empeñan en abortar, en denostar, o en evadir con frialdad esa posibilidad, inherente a toda mujer – opcional y libre, pero no obligatoria – de engendrar, otras han tomado decisiones radicales y plausibles, convirtiéndose en madres solteras, madres buscadoras, madres adoptivas, madres que acogen con generosidad y por convicción “los hijos que Dios les dé…”; madres que son esposas y son hijas, madres viudas que dan al vida al doble, pero no se doblegan, madres abandonadas que, incluso en la incertidumbre, no abandonarían ellas, jamás, a los hijos de quien son responsables; abuelas que, a pesar de su edad, han redoblado esfuerzos para sostener con amor incondicional, y maternal, a sus nietos; mujeres que han decidido ser madres por inseminación artificial, o por cualquier otro medio que la más cruda moral inquisitorial condena por considerarlo “anti-natural”, pero que son profunda y libremente felices, porque son madres, y porque una vez que han dado a luz, ya no se acuerdan de sus angustias, por la alegría de haber traído un hombre al mundo (Jn 16,21).
¿Quién, si no una madre, podrá traer hombres al mundo? Y los que ya estamos en el mundo, ¿miramos de vez en cuando con asombro, admiración y respeto a quienes nos dieron la vida, la luz y la invaluable posibilidad de ser lo que somos?
La madre acompaña –dice el Papa Francisco– a Dios para que se reproduzca el milagro de una vida nueva. La maternidad surge de una “particular potencialidad del organismo femenino, que con peculiaridad creadora sirve a la concepción y la generación del ser humano”. Cada mujer participa del “misterio de la creación, que se renueva en la generación humana” […] (Amoris Laetitia 168). Se renueva en cada hombre que ha sido traído al mundo.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

muy lindas reflexiones licenciado! Muchas gracias por compartir!!
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