Con la solemnidad de la Epifanía cierra y se concluye el Tiempo de Navidad; ahora, con la fiesta del Bautismo del Señor se abre el Tiempo ordinario, en su primera etapa antes de Cuaresma.
El bautismo en el Jordán es un acontecimiento significativo y referencial, que nos ubica ante una etapa fundamental de la vida de Jesús (vida pública), centrada en la predicación del mensaje propio de su misión como enviado del Padre.
De él conocemos -primera etapa- detalles puntuales de la concepción y el nacimiento (Mt 1,18-24; Lc 1,5-2,38), y, aunque muy poco pero contundente, de su infancia y adolescencia (Lc 2,39-52). Después de eso, no sabemos nada absolutamente, ni los evangelistas muestran el mínimo interés por hablar de ello, hasta que entra en escena para iniciar su ministerio y la predicación de la Buena Nueva, particularmente con el bautismo (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21; Jn 1,29-34), donde será presentado como el Hijo predilecto, el elegido -segunda etapa-. La siguiente etapa -tercera- iniciará con la pasión, muerte y resurrección.
Así como la navidad, en su conjunto, nos presentará al Jesús que se hace hombre para habitar entre nosotros y marcará el ingreso de Dios en la historia de la humanidad, el Bautismo, por su parte, marcará el inicio del Jesús que nos revela la voluntad del Padre, nos habla del Reino y del plan salvífico destinado a todos los hombres.
Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él
Hch 10,37-38
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.
