MARTES 25

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico (v. 9)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21, 5-11)

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: «Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido».

Entonces le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?»

Él les respondió: «Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin».

Luego les dijo: «Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles».

Palabra del Señor.

Pareciera que el evangelio describe, anticipadamente, el panorama que hoy vivimos día a día; un panorama que se antoja desolador y sin esperanza si nos quedamos con la lectura del texto tal cual. De ser así, nos enfrentaríamos a un inminente y catastrófico fin del mundo.

Pero la clave no es el fin del mundo, porque eso nos llevaría al desastre, sino la posibilidad de discernir para descubrir en qué, o en quién, tenemos puesta nuestra esperanza: en un templo, que es efímero, en el Mesías, en Jesús, y en la verdad que se revela en su palabra.

Lo importante es que los discípulos se preparen, primero para no dar crédito fácilmente a las falsas alarmas de charlatanes o falsos mesías, y segundo, para soportar la violencia y la persecución por parte de los enemigos del Evangelio del reino y para que hagan de estas acciones una oportunidad magnífica de dar testimonio (Luis A. Schökel).

Las persecuciones en Nigeria, Camerún y Nicaragua, entre otras regiones del mundo, dolorosas e inaceptables, son un fuerte testimonio de fe y entereza, aunque también de crueldad e intolerancia, pero no representan en sí el fin del mundo, a menos que nosotros decidamos verlo así y permitamos que esto siga sucediendo hasta que no haya nada más qué hacer.

Somos los hombres, enemistados y en conflicto unos con otros, quienes marcaremos el camino que nos llevará a la debacle de la historia y el deterioro de la propia vida, o, por el contrario, ser capaces de reconocer que el tiempo ha llegado (cf. v. 8), para levantarnos, reconstruirnos y recrearnos.

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.