Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,11-17)
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.
Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: «Joven, yo te lo mando: Levántate». Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.
Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo».
La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Palabra del Señor.
El hijo único (cf. v. 12) de aquella viuda representaba, hasta ese momento, la única posibilidad de estabilidad, bienestar, porvenir, seguridad y esperanza de vida para ella; sin él, todo caería en el foso de la incertidumbre y el total desamparo para la mujer.
En la viuda podemos ver los rostros de mujeres y familias que viven así: abandonadas, desamparadas y en la más oscura incertidumbre. La muerte del hijo único representa, entre otras cosas, las situaciones extremas de condena al fracaso, al sometimiento y a la negación de toda posibilidad de esperanza que las estructuras sociales, las ideologías, los sistemas económico-políticos y el crimen han ido gestando, cada vez con más fuerza, no como formas de vida sino de muerte.
La acción de Jesús es profética, porque al detener el paso de la muerte (cf. v. 14) pone un alto a la injusticia e interpela a la muchedumbre que sólo acompaña, pero no reacciona. En sus palabras se asoma la esperanza que se había perdido: No llores, a la viuda, y ¡levántate!, al joven (cf. vv. 13-14). Además, un gesto de misericordia y compasión (v. 13), pero también desafiante: recuperar y rescatar al hijo de la muerte y entregarlo de vuelta a su madre (v. 15).
¿A qué estamos llamados? A actuar del mismo modo: Compadecernos para detener y poner fin a esas muertes que doblegan al hombre y que caen como condena sobre esposos, hijos y padres, dejando en el más cruel desamparo a esposas, madres y familias.
Mario A. Hernández Durán, Teólogo.

