DOMINGO 7

Si alguno quiere seguirme... (v. 26)

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

  • Sab 9,13-19; Sal 89; Fil 9-10.12-17; Lc 14,25-33

Nos hemos acostumbrado, o malacostumbrado tal vez, a un cristianismo estrictamente devocional, de actos piadosos, de compromisos simples, pero sin repercusión alguna en la comunidad, o en la transformación de la sociedad. Nos comportamos del mismo modo que aquella muchedumbre que seguía a Jesús (cf. v. 25), en masa, hasta que el mismo Señor irrumpa inadvertidamente para mover nuestras inercias y poner un alto a nuestro vago caminar sin sentido.

Seguirlo, exige tener claridad de lo que eso implica: renunciar, priorizar, prever y estar dispuestos a todo…

  • No nos pide que dejemos de ser padres, madres, hijos o hermanos, sino que las estructuras sociales, que a veces nos condicionan, pasen a segundo término y el discipulado se viva con libertad y entrega total (v. 26).
  • Cargar la cruz, no significa vivir crucificados, sino asumir el evangelio y sus consecuencias como forma de vida (v. 27).
  • Calcular el costo (v. 28) es como medir nuestras fuerzas y tener la certeza interior de que seremos capaces de llegar hasta el final con el Señor.
  • El mundo y la sociedad suponen retos, obstáculos y luchas difíciles para los seguidores, que pondrán a prueba nuestra entereza y la solidez de la fe… ¿Estamos preparados para ello? (v. 31).

El libro de la Sabiduría traza el camino de que debemos seguir y el primero paso, además de la renuncia a las propias certezas, es la humildad:

Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance. ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das la sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto?

Sólo con esa sabiduría lograron los hombres enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada (vv. 16-17).

Para comprender mejor…

Ante todo, es necesario que a nivel personal el individuo cambie en su interior. Es decir, la nueva sociedad será posible en la medida en que haya hombres y mujeres que cambien radicalmente su escala de valores: el deseo de ganar y atesorar, por el proyecto de compartir; el deseo de mandar, por el servicio incondicional a todos, y el deseo de subir y brillar, por la solidaridad. Sólo a partir de este cambio y desde esta profunda conversión es posible pensar en una sociedad nueva y distinta de la que tenemos […] (José María Castillo)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.