DOMINGO 5

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo. (v. 2)
  • Is 60,1-6; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12

Palpita en el corazón de los creyentes, y de los no creyentes, una inquietud y una indescifrable duda; una pregunta que no admite respuestas ordinarias, ni mucho menos la osadía de comprobarla con datos precisos, concretos y mesurables: ¿Dios se ha manifestado? ¿Cómo, cuándo y dónde?

En medio de los acontecimientos donde acecha la duda y tambalea la fe, irrumpe la angustiosa necesidad de saber que Dios está de nuestra parte, que nos escucha, o que, al menos, su presencia mitiga el conflicto entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la bondad y el odio, la indiferencia y la misericordia…

¡Buscamos, esperamos, deseamos con desasosiego que Dios se manifieste! Y, así, mirando sin encontrar nada en el horizonte, nos hemos olvidado de mirar al corazón.

Las palabras de ánimo que Isaías dirige a Jerusalén, son para nosotros palabras que despiertan la esperanza; en ellas alborea la respuesta a tantas inquietudes y a las profundas dudas de la fe:

Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti… Levanta los ojos y mira alrededor. (vv. 1 y 4)

Una invitación retadora, que convierte al creyente en protagonista, empujándolo a moverse y tomar la iniciativa; no basta con esperar a que algo suceda, es imperante levantarse y mirar alrededor, descubrir por cuenta propia que el Señor se ha manifestado.

Además, asumir que tal epifanía rompe los estereotipos de las divinidades inertes, de los dioses exclusivos y las promesas particulares, hechas a unos cuantos. No se manifiesta el Dios concebido por un pueblo; al contrario, en Él nace y se concibe una humanidad nueva, favorecida con la gracia de Dios y animada por el Espíritu (cf. Ef. 3,2.5):

Por el Evangelio -dice Pablo-, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo. (Ef 3,6)

¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? (Mt 2,2) ¿Dónde lo encontramos hoy? ¿Cómo se nos manifiesta?: En el corazón de las mujeres y los hombres de buena voluntad, en la sonrisa de los niños, en los gestos de amor y en la alegría de compartir el pan, luchar por la justicia y acoger con generosidad al hermano.

Se manifiesta en cada creyente que se convierte en luz para los demás y que brilla como estrella; en cada uno Dios se manifiesta:

Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo. (v. 2)

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.