DOMINGO 3

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea… (Lc 12,15)
  • Cohelet 1,2; 2,21-33; Sal 89; Col 3,1-5.9-11; Lc 12,13-21.

La lucha más dura del hombre, para todo hombre, es consigo mismo. Sobre todo, cuando se debate a muerte entre lo que desea y lo que es, o debería ser.

Siempre estamos en búsqueda, y eso es inevitable; búsqueda constante y tenaz de felicidad, éxito, plenitud, satisfacción y gozo. No descansamos hasta encontrar lo que nos inquieta, aunque, a veces, cuando el hallazgo no se cumple, nos hundimos en la más terrible insatisfacción.

La vida humana se construye en esa incomprensible tensión entre lo efímero y lo eterno, y la sabiduría bíblica nos advierte de ello. Toca con su palabra lo más profundo del corazón, allí donde resguardamos lo mejor, o lo peor de cada uno:

Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad… (Coh 1,2; 2,21).

Cuando así sucede, cuando mujeres y hombres se afanan en los bienes de la tierra (cf. Col 3,2), el porvenir se tiñe de maldad: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es una forma de idolatría (v. 5), y la posibilidad de acogernos como hermanos se desfigura en la envidia y el engaño; en la apariencia insostenible de un vacío que cansa y enferma, hasta llegar a la obstinada necedad de apropiarse, incluso, de aquello que no ha sido destinado para nosotros: ¡Que mi hermano comparta conmigo la herencia! (cf. Lc 12,13).

Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea (Lc 12,15).

Pero, cuando seamos capaces de sobreponernos, ordenar los apetitos desordenados y buscar los bienes de arriba (Col 3,2), surgirá un nuevo orden en la interacción y las relaciones: ya no habrá distinción entre judíos y no judíos, israelitas y paganos, bárbaros y extranjeros, esclavos y libres, sino que Cristo es todo en todos (v. 11).

Que la noche no nos sorprenda en la insensatez de nuestros deseos y nos atrape en la muerte definitiva donde todo se pierde y no hay regreso (cf. Lc 12,20).

Hermanos: Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios (Col 3,1).

El hombre necio, en la Biblia, es aquel que no quiere darse cuenta, desde la experiencia de las cosas visibles, de que nada dura para siempre, sino que todo pasa: la juventud y la fuerza física, las comodidades y los cargos de poder. Hacer que la propia vida dependa de realidades tan pasajeras es, por lo tanto, necedad. El hombre que confía en el Señor, en cambio, no teme las adversidades de la vida, ni siquiera la realidad ineludible de la muerte: es el hombre que ha adquirido «un corazón sabio», como los santos. (Benedicto XVI, Ángelus del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, 1° de agosto de 2010).

Mario A. Hernández Durán, Teólogo.